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16.10.2012
Disfrutá -sin culpas- de ser mamá

La maternidad, como dice la sabia frase popular, "nos cambia la vida para siempre". Es una experiencia que cambia tu vida emocional, es un rol cargado de sentimientos encontrados. Y también está llena de sobreentendidos que parecen dividirse en dos grupos: las "buenas madres" (protectoras, sanadoras, contenedoras, sacrificadas, con dedicación full time) y las que no cumplen con los "requisitos". ¿Cómo querés vivir tu maternidad?

¿Te acordás cuando jugabas con tus muñecas, cuando las peinabas, las arropabas, les dabas de comer? Compartías con ellas casi todos tus juegos y, sin darte cuenta, empezabas a conocer el amor incondicional. "Instinto maternal", "madre hay una sola", "a nosotras nos cambian la vida; a ellos, no", "quién mejor para cuidarla que su madre"... Creciste con estas frases. La maternidad para las mujeres está llena de sobreentendidos, y parece dividirse en dos grupos: las "buenas madres" (protectoras, sanadoras, contenedoras, sacrificadas, con dedicación full time) y las "malas madres", las que no cumplen con los "requisitos".

Actuamos a partir de las conductas aprendidas socialmente, es desde esas creencias que vivís tu maternidad. ¿Tus sentimientos de ansiedad o culpa que sentís frente a situaciones con tus hijos, tienen que ver realmente con vos? ¿O son sentimientos que se despiertan cuando creés que no cumplís con las expectativas sociales de lo que es ser una "buena madre"? Tu corazón termina como un gran rompecabezas y ahí se filtra la culpa, una vieja amiga de las mujeres.

La maternidad, como dice la sabia frase popular, "nos cambia la vida para siempre". Es una experiencia que, si bien cada una la vive de una forma distinta, a todas les cambia su vida emocional. Es un rol cargado de sentimientos encontrados.

Como toda historia de amor, el vínculo maternal pasa por diferentes etapas. Es un vínculo complejo, intenso, con encuentros y desencuentros. Al nacer tu hija, sentís que lo sos todo para ella. En esta etapa es literalmente así: depende de tu cuidado, sensibilidad y criterio para interpretar sus gestos, su llanto y cubrir así sus necesidades. A medida que crece la ves y te ves en tu niñez, intentás reparar en ella lo que no recibiste. Hasta te prometés no repetir los errores que sentís que cometieron con vos. Ella imita tus gestos, usa tus palabras, juega con tu ropa y tus pinturas y, en los juegos con su muñeca, se convierte en tu doble.

Con el paso del tiempo, comienza a diferenciarse en sus gustos, en su forma de pensar. Salen juntas, se divierten, te lo cuenta todo, te pide consejos, los escucha, son compinches. Parece un amor eterno.

Pero alrededor de los doce años, se rompe el hechizo. Ella intenta armar su hoja de ruta, sin saber por dónde empezar comienza a utilizar como brújula el desafío constante e intenta marcar así su lugar. El vínculo cambia. Tu hija, encerrada en su mundo de verdades, de certezas, en sus cambios de humor constantes, ya no puede escucharte y, de ser su "modelo a seguir", te convertís en su "vieja insoportable".

En esta parte de la historia, empezás a preguntarte en qué te equivocaste. Hasta podés llegar a sentirte frustrada como madre y sentir que se fueron por la borda los planes y expectativas puestos en tu hija. Muchas veces se suman replanteos o momentos de crisis en tu vida personal que dan como resultado un torbellino de emociones negativas que siguen contaminando el vínculo.

Si bien es cierto que vivir este proceso tiene que ver con un crecimiento saludable, es la búsqueda de la identidad de tu hija, también es cierto que muchas veces en esta etapa del vínculo te encontrás en un callejón sin salida. Entonces, una vez más, en medio de tanto enredo aparece la culpa… En forma de preguntas (¿en qué me equivoqué? ¿le di poco tiempo? ¿le di demasiado?) o camuflada en forma de regalos o sobreprotección. Quedarte pegada a esta emoción contamina tu autoestima, tu seguridad, tu tolerancia a la frustración, el reconocimiento de tu potencial.

Terminás en un camino sinuoso, en donde te exponés cada vez más a situaciones dolorosas de no reconocimiento. Como una manera de protegerte de estos sentimientos negativos, ejercés más el control, e intentás imponer tus consejos como únicas verdades, como una manera de afirmarte en tu rol materno.

A continuación, algunos tips que te pueden ayudar a soltar algunas emociones negativas, para disfrutar más libremente de tu maternidad:

1 - Reencontrate con la mama que sos. Armá una lista con las virtudes que considerás que tenés como mamá. Recordá las escenas más divertidas y emocionantes que viviste con tus hijos, conectate con lo que sentías en ese momento. Reconocer lo que sí sos como mamá, te ayudará a vivir más plenamente este rol, con menos culpa y más felicidad.

2 - Agendá a la mujer que hay en vos. Es cierto. No es fácil conciliar la maternidad, la responsabilidad del hogar, el trabajo, los proyectos, la vida social. Pero hacé el esfuerzo de tomarte un tiempo en hacer lo que te gusta y te hace bien para soltar un poco los "deberías" y acercarte más a los "necesito", que son los que te fortalecen. Esto te permitirá lograr un vínculo más saludable con tus hijos.

3 - Escucha selectiva emocional. El diálogo y la escucha son entrenamientos que comienzan en la primera infancia. El aprender a escucharlos y contenerlos más allá de estar de acuerdo, sosteniendo tu lugar, te permite construir con tus hijos un vínculo de afecto, de confianza necesario para su crecimiento.

4 - Crecé desde las diferencias. No hay una única forma o reglas universales para resolver o enfrentar situaciones. Animate a romper con las respuestas armadas, con las recetas aprendidas. Intentá correrte del lugar del "saber absoluto", eso no significa que te corrés de tu rol de mamá, al contrario, lo potenciás. Porque les enseñás a tu hijos no solo a respetar las diferencias, sino a animarse a decir y hacer lo que sienten, a negociar, a confiar en ellos.

Todo vínculo está cargado de emociones, idealización, expectativas. Así como las madres muchas veces intentan reparar a través de sus hijos la historia que no pudieron vivir, los fantasmas que no pudieron resolver, los hijos también idealizan a esa mamá e intentan de alguna manera cubrir sus expectativas. Es muy importante la calidad de los vínculos que armemos, porque son los que nos ayudan a crecer, a sentirnos queridos y seguros. Son una parte importante de nuestro bienestar emocional. Para esto, es importante aprender a soltar lo que no pudo ser.

Ser mamá, sin dejar de cubrir tus necesidades como mujer, no es fácil. Pero finalmente somos nosotras quienes tenemos el derecho elegir preguntarnos. ¿Qué queremos para nosotras? ¿Cómo queremos vivir nuestra maternidad? Desafiar y modificar algunas creencias aprendidas nos permitirá disfrutar plenamente de nuestros hijos y es el mejor gesto de amor que le podemos dar: enseñarles a vivir desde la libertad interior. Hay una frase muy buena de Galeano que dice: "Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos". ¿Qué estás dispuesta a cambiar para disfrutar más plenamente de tu maternidad?.

Adriana Waisman para Entremujeres.com

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