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17.11.2012
Cuidar la infancia es preservar la adolescencia
Algunas complicaciones típicas de ese momento, como la anorexia y la bulimia, pueden tener sus raíces en años anteriores, por lo que es importante revertir las conductas discriminatorias de los más chicos.

La adolescencia suele ser la etapa de la vida en que se desencadena la mayor cantidad de casos de trastornos de la alimentación: bulimia y anorexia se vuelven riesgos latentes en algunos casos en los que existe, además, cierta predisposición tanto genética como de personalidad. En algunas situaciones, los años previos, las vivencias en la escuela, pueden ejercer influencia sobre esos riesgos por las burlas de toda índole que pueden darse entre los más chicos.

Según explica Estrella Casas, psicopedagoga y secretaria general de la Federación Argentina de Psicopedagogos (FAP), en el nivel inicial y durante la escuela primaria, los motivos más habituales para las cargadas entre compañeros son aquellos que "están a la vista, vinculados al aspecto físico". En este sentido, "se señala al más gordo, al más flaco, al morocho, al rubio", sostiene Casas, que también asegura que cada vez baja más la edad de los chicos para comparar entre sí cuestiones vinculadas al capital familiar y al consumo, tales como la marca del auto de los padres o el salón en el que se festeja el cumpleaños, incluso entre nenes y nenas de unos 5 años. Sin embargo, el aspecto físico sigue siendo la primera cuestión desde la que parte la discriminación.

Al respecto, Marcelo Bregua, psicólogo clínico y coordinador general de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA), sostiene que en la mayoría de los casos en los que los padres se acercan con un chico –hay nenes de 4 o 5 años en tratamiento en la institución- ante un adelgazamiento repentino, esos pacientes "siempre recuerdan alguna cargada en el colegio, bromas que les jugaban sus compañeros". Pasa, según Bregua, que "lo que no se puede poner en palabras, puede pasar al plano simbólico y entonces se expresa a través de comer nada, o de comer con voracidad extrema, por ejemplo". Son alarmas de las dos patologías que ALUBA trata desde hace 26 años, y que pueden rastrearse, dice el especialista, en algo ocurrido durante la infancia cuando los síntomas aparecen en la adolescencia.

"El bullying –acoso verbal o físico entre pares, muchas veces en el ámbito escolar- puede ser un mecanismo disparador, y para que eso trabaje tiene que darse una cierta genética y una cierta personalidad", dice Bregua, y agrega que "la exigencia social de la 'cultura light' está muy marcada incluso entre los más niñitos". El profesional se sirve de un ejemplo muy popular por estos días: Jimena Benítez, el personaje interpretado por Isabel Macedo en la tira diaria Graduados, vio influenciado todo el desarrollo de su vida por las cargadas de sus compañeros, dado su sobrepeso, durante el colegio secundario. De allí su obsesiva alimentación y, sobre todo, el desconocimiento de ese pasado.

Para Casas es importante el trabajo en la escuela y en la casa, en simultáneo, para evitar que los chicos se lastimen a través de la discriminación: "Muchas veces las conductas de los chicos, a la hora de burlarse, son aprendidas; es importante entonces que tanto en el hogar como en el colegio reciban ejemplos sobre cómo convivir con el otro, ya que sólo decírselos puede resultar hipócrita si no lo ven reflejado en el trato entre los adultos". En la escuela, entre docentes y psicopedagogos, sostiene, debe crearse un ámbito contenedor tanto para el chico agredido como para el agresor: "Las sanciones expulsivas no solucionan el problema, porque se repetirá en otro lado; lo importante es que los chicos no sólo incorporen contenidos académicos sino también valores, y para eso hay que desarrollar las habilidades sociales", asegura.

Esas habilidades empiezan por ponerse en el lugar de otro, y para eso es importante no señalar directamente al agredido y mostrarlo como indefenso, no victimizarlo, sino trabajar grupalmente, como si cualquier compañero pudiera estar en ese lugar.

La autoestima está en pleno desarrollo durante el jardín de infantes y la escuela primaria, cuando, además, los chicos empiezan a agruparse por distintas afinidades. Es importante, coinciden Bregua y Casas, estimular a esos chicos para que se sientan seguros de sí mismos, y no necesiten ni agredir a otros, ni expresarse sintomáticamente. La adolescencia, con la vulnerabilidad que implica, puede resultar un momento propicio para que, si la autoestima es baja, se desencadenen problemas de conducta y de salud. Y en medio de parámetros de belleza tan exigentes, los trastornos alimenticios se vuelven peligrosamente cercanos.

Julieta Roffo para Clarín

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