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14.07.2013
El desafío de crear nuevos lectores
Cómo motivar a los chicos y adolescentes a ingresar en el mágico mundo de los libros es un tema de debate entre especialistas, que se preguntan por qué leemos y ofrecen alternativas dentro de la escuela.

Es una mañana de bruma en la ciudad. No se sabe para qué lado irá la cosa, lloverá o habrá sol, después de todo. Es martes, y los martes en el Instituto Sarmiento son los días de La escuela lee, el proyecto de itinerarios de lecturas que la escuela trabaja para todos los grados. Apenas entran al aula, de primero a séptimo, maestros y alumnos leen, y lo hacen, así, de marzo a diciembre. Hay un silencio acolchado en los pasillos de la escuela. No es un silencio hueco. Para ir a las aulas hay que subir un piso por escalera. Entrar en ritmo. Sacate la campera que acá hace calor, le dice la maestra a uno de los chicos de tercero. Dejar el abrigo, para tomar otro, el del libro. Cerca, a dos puertas, otra voz pide sin gritar. Para leer necesito que me escuchen, dice la maestra de segundo. Algunas sillas se arrastran, apenas, para llegar hasta las mesas con los brazos, y sobre los brazos, apoyar la cabeza; otros prefieren el respaldo recto. La voz de la maestra se multiplica en cada uno de los cuerpos pequeños, niños de 6, 7 años, entregados, por fin, al tiempo de la historia.

¿Cuáles son nuestras escenas de lectura más significativas y cómo las recordamos? ¿Qué encontramos hoy al volver a ese lugar y qué vemos en esas experiencias en que los textos vinieron a buscarnos o nosotros fuimos hacia ellos y los abordamos? ¿Qué recuerdos tenemos de nosotros mismos como lectores? ¿Qué libro, escritor, historieta o revista nos revelaron la posibilidad de otros mundos? Estas son algunas de las preguntas que Ángela Pradelli, escritora, poeta y ensayista, plantea en su libro El sentido de la lectura. Además de reflexionar sobre las prácticas de lectura y el lugar de cada uno de nosotros como seres de lenguaje, la publicación convocó a personalidades de distintos ámbitos -músicos, fotógrafos, directores de teatro- a que contaran sus escenas de lectura, las que los transformaron. En las historias que se narran y en las reflexiones del ensayo hay un centro: lo que genera la lectura en la vida de una persona. "Hay una cuestión que es la pasión del docente, que es una llave para que los pibes empiecen a leer -dice Pradelli-. Todo lo que un docente pueda decir de la lectura, de los beneficios, la importancia, etcétera, se desvanece antes de que llegue a los oídos del chico, que no escucha eso. Un docente leyendo con pasión junto a 40 chicos es una cosa contra la que no se puede."

Ángela Pradelli conoce el aula como pocos. Tiene la experiencia de haber dado clases durante 30 años en escuelas secundarias del sur del Gran Buenos Aires. Sabe, por haber estado ahí, que el aula es un lugar para hacer, y mucho. Un cuadrado o rectángulo de pocos metros donde unas 30, 40 personas se encuentran algunas mañanas a leer, por ejemplo, para otros que no conocen. En cuanto la lectura avance, la voz del autor, hasta entonces desconocida, empezará a sonar familiar. El deseo de leer es claro para el que ya lo hace; para el que todavía no se sintió llamado, el docente entrará como guía. Sugerirá una obra, que tiene que ser esa que también le genere a él las ganas de encontrarse con la historia cada mañana. "La pasión también tiene que estar al momento de elegir qué leer -dice Pradelli-, es difícil transmitirla cuando el texto a uno no le gusta. Es muy importante la elección de los textos que se leerán."

Nadie puede saber de qué manera nace un lector, cuáles de todas las variables en la vida de un niño sumarán a la hora de que se vaya a dormir con un libro, o se quede pensativo en los recreos después de haber entrado al mundo de Horacio Quiroga o Charles Dickens. Pudo haber sido la maestra de jardín quien despertara eso en el niño, los libros que descubrió en casa de un tío, la pila de diarios en la cocina de la abuela, las historietas del primo. De padres lectores no necesariamente surgen hijos lectores. Los que investigan sobre el mágico cruce de por qué sí o no alguien se hace lector, aseguran que es una variable compleja de determinar. Pero las posibilidades de que eso que escuchó en el aula lo haga sentir convocado tal vez sean mayores a que si eso no ocurriera. "Cuando a Ferdinando Camon le preguntan para qué escribe -continúa Pradelli-, que para mí la lectura es lo mismo que la escritura, él cuenta una escena de infancia. En su pueblo eran analfabetos. Su madre no sabía leer, su padre apenas entendía algunas cosas. Per vendetta, contestó Camon a la pregunta. Él juró que iba a apropiarse de la escritura como herramienta para pasarlos del otro lado. Creo que para eso hay que leer: para ayudar a los chicos a que pasen del otro. Y también uno tiene que leer para poder pasar, para poder cruzar, estar en otro lugar mejor. Y los chicos eso lo detectan."

Práctica solitaria y también social

 

Cuando todavía hace calor y nadie piensa en la escuela, los maestros del Sarmiento vuelven con sus lecturas de verano, se sientan alrededor de una gran mesa, despliegan los libros y hacen intercambios. Empiezan a poner en práctica la semilla de La escuela lee. "En esos encuentros que hacemos entre nosotros -dice Brenda Szajnman, directora de la escuela-, cada maestro cuenta su historia con ese libro, lo ofrece, lo propone como lectura para el grado." El lugar del docente es fundamental en la relación del niño con el libro. Y hay muchas lecturas que si no son propuestas desde la escuela, no serán. Pensar en los clásicos es dar un ejemplo concreto de los itinerarios que si no son vistos desde un corpus académico, tal vez se pierdan de la ruta de posibles libros. "Hace tiempo que venimos dando vueltas en la escuela, en cómo formar lectores. Lo aprendí de Violeta -dice Szajnman, refiriéndose a Violeta Wolinsky, vicerrectora-; al principio hablaba de la lectura por placer versus la lectura comprensiva que se hacen habitualmente en la escuela. Y con el tiempo descubrí que no son necesariamente excluyentes. No siempre lo que viene de la escuela va a ser sin placer y viceversa."

La escuela lee empieza a armarse cuando muchos de los chicos están en la playa, la montaña, la pileta del club, en las casas con ritmo de descanso. Antes, en la previa, maestros y directores se juntan a compartir ese amor que cada uno encontró en las historias que pondrá sobre la mesa. Si bien la lectura es solitaria, al decir de Harold Bloom tener un libro es nunca más estar solo, la lectura en la escuela es, también, práctica social. Hay puesta en común. "Hablar sobre libros -sostiene Wolinksy- es comentar sobre las impresiones que un texto nos genera, encontrar la construcción del sentido de un texto, que no es único, y que se enriquece en el intercambio con los otros. Poder hacer uso de esas prácticas requiere de experiencias donde eso suceda con otros."

Pocas cosas son tan hermosas como sentarse a escuchar historias. Los que leen a otros son iniciadores de nuevos lectores. Los hay, y muchos, de todas las voces y músicas. Madres que narran clásicos antes de ir a dormir. Padres que leen sentados a los pies de las camas de sus hijos. Abuelas, abuelos, tíos, hermanos mayores. Así, las historias se cuentan en las distintas octavas, de las más agudas a las más graves. Michéle Petit, antropóloga y novelista francesa, habla de la importancia de que haya alguien ahí, para acompañar en el viaje. "Una persona que ama los libros, en un momento dado desempeña el papel de iniciador, alguien que puede recomendar libros." Con la escolarización se sale de ese primer núcleo, lo familiar, donde hay un tono compartido, común entre los de la casa. Es en la escuela donde aparece la naturaleza de otra voz: la maestra o el maestro de primero.

El iniciador en las lecturas y en la escritura, el maestro en el aula, será testigo del proceso de lectoescritura. Habrá un día en que el que escuchaba pasará a leer y será, tal vez, una próxima voz lectora de un nuevo oyente. Petit dice que "hay que ofrecer a los niños y adolescentes la idea de que, entre todas esas obras de hoy o de ayer, de aquí o de allá, habrá seguramente algunas que sabrán decirles algo a ellos en particular". Pero no es cualquier voz, ni sólo una voz; es de qué se trata esa historia y cómo está siendo contada. Cuando se lee con verdad, el placer abastece al cuerpo, y lo puede aquietar, en un aquietamiento de sueño vívido. El que le lee a otro se lee primero a sí mismo. Según Daniel Pennac, leer en voz alta "no es suficiente, también hay que contar, ofrecer nuestros tesoros, desembarcarlos en la playa ignorante. ¡Oigan, oigan y vean cómo es de bella una historia!"

El espacio de cada lector

Con un libro en la mano, alguien se va a un rincón iluminado. Se aleja, para disfrutarse. Leyendo, aprendió a estar solo. A armarse un universo íntimo. Dijo Virginia Wolf sobre las mujeres y la escritura: la que quisiera escribir debería encontrar un cuarto propio en la casa. Lo escribió la inglesa respecto de la escritura, pero es perfecto para pensar el espacio del lector. Los lectores aprenden, a medida que adquieren oficio, a leer en cualquier parte. El subte es un hermoso lugar. El colectivo, el tren. Los bares. Bancos de plazas, si es invierno y le da al sol, mejor. Eso, que es de pura ingeniería: el propio cuerpo sobre cualquier estructura.

Carlos Skliar es doctor en Fonología, autor de varios ensayos sobre pedagogía y literatura, investigador del área de Educación de Flacso, reflexiona sobre ese salto que da la lectura hacia el otro mundo. "En la lectura somos impulsados por el deseo de alteridad, de ser otros, más allá de lo que ya somos. La lectura es lo que podríamos ser si fuésemos otros. Y quizá la mayor fascinación e inquietud: otros tiempos, otros espacios y otros modos imprevisibles de existencia. Traer a nuestro mundo cientos de mundos de desconocidos que, con la lectura, se vuelven entrañables."

Parecería que cuando se produce ese encuentro entre el lector y la historia, el tiempo se detuviera. Hay un aquietamiento físico, y todo pasa adentro: en la cabeza, por las emociones, y siempre es en el cuerpo. La soledad es el estado de todas las cosas cuando se lee, y también es entrar a un nuevo universo. ¿Y qué pasa en nosotros con todo lo que leímos, lo que queremos leer? "Uno se va formando con las lecturas que hace -dice Ángela Pradelli- y con las que desea hacer, y por alguna circunstancia no puede, con las lecturas demoradas, las que rechaza; todo eso forma, define y construye. A veces determina la orientación de un oficio, de una profesión, la historia de una vida."

En cinco minutos terminamos de leer, dice la maestra de cuarto, y algunos mueven la cabeza con un sí, sin sacar los ojos de sus libros. Se cierra el martes de La escuela lee. En el segundo piso están las aulas de séptimo y primero. En los dos grados, de inicio y cierre, hay maestros. Esas dos aulas dan al pulmón del patio y desde las dos se ve el cielo. Los de séptimo leen en silencio, estirados sobre las sillas, sentados sobre los bancos; el cuerpo va hacia los libros, y el maestro, que también lee en silencio con ellos, es uno más con las manos ahuecadas sosteniendo un libro. Del otro lado, el aula de primero también se armó en el silencio de los que escuchan la historia. El maestro, sentado en una silla de las bajas como la de los chicos, lee en voz alta. Qué afortunado soy, dice con el tono del personaje. Es una mañana de martes; afuera, la ciudad debe ser como de otro mundo. Ya no está la bruma del principio del día. Qué afortunado soy, vuelve a leer el maestro. Desde el aula se ve el cielo, es de un azul limpio, sin una sola nube.

Los derechos imprescindibles del lector, según Daniel Pennac:

1. El derecho a no leer

2. El derecho a saltarse páginas

3. El derecho a no terminar un libro

4. El derecho a releer

5. El derecho a leer cualquier cosa

6. El derecho al bovarismo

7. El derecho a leer en cualquier parte

8. El derecho a picotear

9. El derecho a leer en voz alta

10. El derecho a callarnos

5 libros sobre la lectura

  • Como una novela.
    Daniel Pennac
  • Una historia de la lectura.
    Alberto Manguel
  • Entre pedagogía y literatura.
    Carlos Skliar
  • Lecturas: del espacio íntimo al espacio público
    Michéle Petit
  • Los libros de los otros.
    Ítalo Calvino

 

Marcela Ayora para la Nación

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