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26.07.2013
Cielo mágico en un sótano único
La coreógrafa Andrea Servera propone un cautivante viaje en el CETC
En 1994, el Maestro (con merecida mayúscula) León Ferrari participó de un ciclo interdisciplinario que tuvo lugar en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC). En aquella oportunidad, mientras observaba las voluminosas columnas que sostienen la sala principal, decía: "El CETC es el lugar de la vanguardia. Lo curioso es que el Colón, con todo su peso, descanse sobre este lugar experimental". Curioso y maravilloso. Sabio.

Aquella vez, las esculturas del artista fallecido ayer fueron intervenidas por la bailarina y coreógrafa Gabriela Prado. Casi diez años después, otra coreógrafa y bailarina, Andrea Servera, estrena Cielo Stravinski. Como en aquella otra oportunidad, Andrea entabla otro exquisito diálogo interdisciplinario entre la tradición y la vanguardia pensado para niños (y para padres, y para tutores, y para encargados, y para todos y para todas). Ese diálogo adquiere la forma de un recorrido por el gran sótano que sostiene el peso de lo establecido. Un recorrido (un viaje íntimo y colectivo) a cargo de artistas que, en ciertos papeles amarillos y desgastados, poco tendrían que ver con Stravinski. Claro que Andrea sabe que ese manual de estilo venció, que caducó.

Por eso convocó a su crew de hiphoperos, parkoureros , bailarines contemporáneos, artistas visuales y sonoros para hacer respirar a una experiencia basada en lo sensible "protagonizada" por un Stravinski loopeado, intervenido, original y único. La expedición está conducida por los integrantes del Combinado Argentino de Danza, la música de Lucio Capece y Sebastián Schachtel, el vestuario de Vero Ivaldi, la escenografía de Romeo Fasce y Lucía Quartaruolo, el video de Karin Idelson y las luces de Fernando Berreta.

En honor a algo que podríamos llamar "justicia", habría que nombrar a más gente: a Nelson Simonelli, a Agustín Franzoni, a Bruno Klewzik, a Marcelo Martínez, a Jimena Pérez Salerno y a Mariela Puyol, por ejemplo. Ellos son -alternativamente- barcos, juegos de sombras, alfombras mágicas, bailes, música, instalación sonora interactiva, estrellas, faros, puertos, dibujos, cómplices. Son los que reciben al público y los que guían a los viajantes por los huecos del CETC. O los que nos proponen acostarnos en el piso (una de las tantas imágenes que todavía me quedan dando vueltas) para observar un video de animación proyectado en el techo, porque nunca es tarde para apuntar a las estrellas (aunque sea desde un sótano).

Cielo Stravinski tiene una hora de inicio, pero no de culminación. Se va diluyendo con suma organicidad mientras chicos y grandes dibujan, o bailan por ahí, o fluyen. Andrea Servera nunca había hecho un espectáculo para niños. A lo sumo, es madre (de hecho, también actúa su hija). Quería una experiencia que, casi, fuera la contracara de aquellas en las cuales los chicos salen con un grado incontenible de energía. Lo logra.

Es verdad que, en un rasgo de seriedad exagerado para el tono de esta crónica, se podría decir que es una lástima que se haya estrenado ayer y que termine pasado mañana (pero eso lo pienso recién ahora). Porque al salir del Colón puede suceder que hasta uno encuentre una veta poética al caos urbano. Algo así como si todo tuviera su orden interno. Debe ser Stravinski. Y la suma. Y las partes. O el mismo cielo observado desde un mágico sótano.

Alejandro Cruz para La Nación

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