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09.03.2014
Adaptación al jardín: el desafío de empezar cada vez más temprano
Hoy los chicos inician su escolarización mucho antes que en otras épocas y las primeras semanas suelen ser muy difíciles para todos

María Muñoz llegó confiada hasta la puerta del jardín. Llevaba de la mano a Joaquín, el más pequeño de sus tres hijos que empezaba en la sala de dos años. Con la seguridad que le daban las dos experiencias previas, se sentó en la sillita de la sala a hacer junto a su hijo la actividad que el colegio había pautado ese día. Pasó una semana, pasaron dos, tres, y María seguía ahí, sin poder moverse, igual que el primer día. "Era la única madre de la sala que quedaba y me empecé a angustiar. Joaquín no quería saber nada con quedarse -recuerda-. Lloraba, pataleaba y cada vez que me iba, era un escándalo.

"La semana pasada, María y Joaquín, con un año más, volvieron a la puerta del jardín. Como para tantos padres y niños en sus primeros días de escolarización, fue un proceso de adaptación marcado por miedos, dudas y angustias.

Alejandra Libenson, psicóloga y psicopedagoga, confirma que la adaptación no es fácil. "Para un niño, el jardín es el primer proceso de separación, el espacio donde compartirá con gente que no es de su familia -dice-. Y para los padres también es un proceso ambivalente: quieren que su hijo gane autonomía, pero los angustia la idea de que crezcan.

"Para Libenson, "estos mensajes contradictorios se trasladan a los chicos, por eso los padres deben estar convencidos".

La falta de convicción fue lo que dificultó la adaptación de Joaco, según Muñoz. Tras varias semanas de llanto, María se llevo a su hijo a casa. Y no volvió a insistir en la adaptación hasta este año, ya en sala de tres. "Sabía que iba a ser mi último hijo y me costaba soltarlo. Él, pero sobre todo yo, no estábamos preparados para separarnos y decidí sacarlo.

"Estas escenas de llanto son habituales, sobre todo, en las salas de dos y tres años, que suelen ser las que hoy marcan el ingreso a una escolarización cada vez más temprana. Mientras que hasta hace apenas una década la edad promedio de escolarización era a los cuatro años, hoy es de tres y de dos, según la Dirección General de Educación Inicial de Gestión Estatal del gobierno de la ciudad.

El psicólogo y escritor Eduardo Chaktoura explica que la escolarización "es el ingreso del niño a la sociedad; es el primer paso a la inclusión en la pirámide social, más allá de la familia. Hoy ese proceso de socialización primario [familiar] y secundario [escolar] se dan casi simultáneamente".

Madres, padres y abuelos que trabajan a la par marcan el ritmo de vida actual. "Los tiempos históricos, sociales, nos configuran -dice Chaktoura-. En este contexto, los chicos han quedado, incluso desde los primeros meses de vida, al cuidado de jardines maternales. Pero la urgencia no debe hacernos olvidar de lo importante. Un niño de dos años se adapta bien cuando puede sentir el amor y la presencia de sus padres."

Analía Pol es docente en el nivel inicial. Según cuenta, hay familias para las que el período de adaptación se hace muy largo o comentan que no disponen de tanto tiempo para participar de él. "Hay papás que manifiestan que sus hijos se adaptan a gente y a espacios nuevos y son muy sociables, creyendo que no necesitan de este período. Pero nosotros hacemos hincapié en que es un proceso que implica un cambio y, como tal, una adaptación."

Por eso, para los especialistas, es importante que los padres acompañen todo el proceso. "El adulto tiene que contar con tiempo y disponibilidad durante por lo menos dos semanas -recomienda Libenson-. Pero la sociedad no siempre acompaña el proceso de los niños y muchas veces los padres chocan con sus responsabilidades laborales."

Anticiparse

Saber que es un proceso que lleva tiempo, que no es lineal (puede haber retrocesos) y que lo natural es que un niño se resista a ser apartado de sus padres, ayuda a entender y a transitar parte de este camino complejo. Preguntarse por qué ese niño necesita ser escolarizado en ese momento, si es una elección o una necesidad, también es un buen punto de partida.

Algunas lágrimas

En el caso de Lucía Mazzoni, mamá de Matías, de sólo un año y cuatro meses, flamante alumno del jardín Mecki's, de Martínez, la necesidad está asociada con que pueda canalizar en un espacio nuevo su desbordante energía: "Todo el mundo me dice: «Es muy chiquito». Y la verdad es que Mati es un bebe muy activo y llega un momento en que en casa se aburre y necesita estar con chicos de su edad", cuenta Lucía, que acaba de completar su tercer día de adaptación. "Todavía no se me despegó. Si llora dos meses seguidos, lo saco porque la idea es que las horas que esté en el jardín lo pase bien."

A pesar de algunas lágrimas, Lucía cuenta que ella está sobrellevando la adaptación bastante bien: "No estoy sufriendo, tengo plena confianza en el jardín. Me gustó porque son pocos niños, tiene un espacio al aire libre, y es un contexto contenedor".

También ayuda anticiparle al niño con qué se va a encontrar en el jardín. "La escuela debe ser un espacio nuevo, pero no desconocido -dice Libenson-. Ayuda siempre tener un contacto previo con el lugar, conocer a su maestra, contarle quién lo va a ir a buscar. Hablarle sin cargarlo de ansiedad."

Ya en plena adaptación, conviene entender que los tiempos de uno y otro niño varían y nunca es justo hacer comparaciones. "Cada chico, así como cada padre, puede precisar de otros tiempos y estilos que los que prevé la escuela -dice Chaktoura-. Es real que, a la hora de ver quién se adapta más rápido, puede y suele librarse un juego de duelos entre padres, así como también están los papás que se sienten defraudados porque sus chicos no logran cumplir con las supuestas expectativas."

Analía Pol afirma que los tiempos de adaptación los marcan los chicos. "No sirve estigmatizar. Desde el jardín hay que estar abiertos a conocer a esos niños y sus familias, y contenerlos para que este período se viva naturalmente", dice esta docente, que en sus diez años al frente de salas de jardín jamás conoció un chico que no haya logrado, finalmente, adaptarse.

Sin cargar culpas sobre unos y otros, Chaktoura opina que muchas veces son los padres los que ponen reparos a la hora de la independencia de sus pequeños hijos. "En esos casos, la escuela debe ayudarlos a que aprendan a soltarles la mano. Y los papás deben entender que de nada servirá la sobreprotección cuando de lo que se trata es que padres e hijos comiencen a ganar autonomía.".

Laura Reina para La Nación

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