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21.06.2014
Los chicos ecológicos ponen en aprietos a sus padres
Una nueva generación de fanáticos del reciclado y de los proyectos verdes desafía la cultura del consumo y el descarte en sus propias familias
Al anochecer, pocos minutos antes de que pase el camión que recolecta la basura por el barrio cerrado en el que viven, Juan Ignacio Marín, 38 años, administrador de empresas, tiene que montar un operativo distracción para sacar las bolsas de residuos. Lo confiesa con cierto pudor. Es padre de Tadeo y Milo, de nueve y siete años, dos niños completamente comprometidos con la ecología, que acaban de sumarse a un proyecto escolar de reciclado.

"Estamos muy contentos con esta faceta de nuestros hijos. Cuidan el agua, usan menos papel. Pero, por otro lado, se volvieron casi fundamentalistas verdes, quieren reciclar todo y eso parece difícil. Tal vez el problema sea que somos una sociedad que consume demasiado y genera mucha basura", dice el padre.

No es el único. La nueva generación de "niños con conciencia", como los llaman los especialistas, generó un nuevo dilema familiar. ¿Qué ocurre cuando los principios de los ecokids chocan con la cultura de consumo y descarte de sus padres? Y con la suya propia...

En la práctica, son muchos los padres que, con culpa, se adelantan a pergeñar un plan B, cada vez que sus hijos se suman a un nuevo proyecto ecológico.

Hace pocos días, Bernarda Vallejos, de siete años, tuvo una ocurrencia genial cuando vio el aceite que se enfriaba en la sartén luego de hacer milanesas y papas fritas. "¡Podemos reciclar el aceite y hacer jabones!", propuso y a continuación enunció la lista de ingredientes que se necesitaban. Había visto en Paka-Paka el modo de reconvertir en algo útil aquel líquido ámbar.

Los padres de Bernarda se miraron y a medida que la escuchaban, se convencían de que ese proyecto nunca ocurriría en su departamento de Belgrano. En seguida pusieron manos a la obra para desactivarlo. Mientras el papá la felicitaba por la gran idea y la llevaba a dormir, la mamá no lo dudó: había que deshacerse del aceite. Sin siquiera esperar a que se enfriara por completo, lo tiró por la rejilla y se aseguró de que no quedaran rastros.

"Estamos viendo toda una generación de chicos que educan a sus padres, sobre todo en temas ambientales", apunta Lucas Campodónico, especialista en consumo responsable, que dirige la publicación Ecomanía.

"Es muy positivo cuando los chicos empiezan a cambiar los hábitos en la casa en función de lo que aprendieron en el colegio o en talleres, incluso a través de los medios de comunicación sobre ecología. Sobre todo, porque los chicos suelen ser intransigentes con sus convicciones", dice Campodónico. Y esto genera un nuevo dilema para los padres.

Recientemente, José Domingo Villarroel, investigador la Universidad del País Vasco, publicó en la revista científica SpringerPlus un trabajo sobre cómo desarrollan los niños la conciencia medioambiental.

En el estudio se les preguntó a niños de entre cuatro y siete años cuál era más reprochable de distintas acciones. Resultó que para ellos como norma de convivencia es más grave dañar una planta o tirar basura a la calle que meterse el dedo en la nariz o no tener buenos modales a la hora de comer.

Quiere decir que romper normas ambientales una vez incorporadas es más grave que quebrar las normas de convivencia social.

"El problema es que todavía estamos en una fase muy inicial en materia de ecología en las escuelas. En general, les enseñamos a reciclar lo que se consume. Pero deberíamos avanzar hacia un replanteo del modo en que se consume. Si uno recicla el 90% de la basura que produce, todavía queda un 10%. ¿Qué tal si nos planteáramos como objetivo consumir menos, para producir menos desechos, para que los recursos alcancen para todos y duren más tiempo?", agrega.

Constanza Praetsier es madre de Bruno y Tiziana Migliore, de 13 y 9 años. Ellos no dudarían en definirse como chicos ecológicos. Cuando Constanza los convoca para reciclar la basura, no dudan en sumarse a la actividad. "Hace algunos años, decidí que íbamos a reciclar nuestros residuos y ya lo incorporamos a la mecánica familiar", relata.

En su casa de Vicente López, cuentan con algo de espacio extra para separar lo reciclable. Los envases, las botellas, las cajas, los papeles van a parar a un lugar distinto de los residuos húmedo u orgánicos. "Se junta más volumen de lo reciclable que de lo otro", dice la madre. Entonces hay que lavarlo, abrirlo y prepararlo. "Lo tiramos en unos contenedores verdes que hay frente a la escuela de los chicos", apunta Constanza.

Algo similar ocurre en la casa de los Heber, en San Isidro. Allí también es Silvana, la madre, quien empezó con el reciclaje. Pero no pasó mucho hasta que sus hijos Mateo, de diez años y Bianca, de trece, se volvieron más fundamentalistas que ella. "Si me ven que dejo abierta la canilla mientras lavo los platos, me lo hacen notar. Tienen mucha conciencia", dice. Además, juntan las tapitas para el Garrahan, los sachets de leche para la iglesia, donde se convierten en bolsas de compras. "Las botellas las llevamos a los contenedores verdes de San Isidro. Con los frascos hacemos dulces. Y los papeles, se convierten en atrapasueños u otras manualidades", cuenta Silvana.

La gran diferencia ocurre cuando la misma familia está comprometida con el consumo responsable, apunta Mariana Simoncelli de Armani, que coordina junto con Lucía Artigas los talleres "Soy Eco Hago Eco", que se dan en colegios, en ferias y shoppings. Además, son autoras de un manual para docentes sobre cómo enseñar ecología en la escuela, que se llama igual que el taller.

"Nos ha pasado muchas veces que cuando los chicos ven que hacemos billeteras con envases de tetra brick, van corriendo a los padres a pedirles que les compren un jugo para hacer una billetera. El mensaje llega mal. No se trata de comprar para reciclar sino de reciclar lo que se tiene y en repensar el modo en que consumimos", apunta Simoncelli.

Hace apenas dos meses, ella misma se convirtió en madre y tuvo que enfrentarse con algunos principios ecológicos que había sostenido todos estos años: "Siempre dije que iba a usar pañales de tela, por la contaminación que generan los descartables. Pero me di cuenta que al menos, en los primeros meses es muy difícil. Uno tiene que encontrar un equilibrio pero a la vez pensar en que todos estos principios sólo son viables si producimos una nueva generación, con otra mentalidad en cuanto al modo de consumir", dice.

Desde hace dos años,unas 1100 escuelas de gestión estatal de la ciudad de Buenos Aires -es decir, casi todas-participan del programa Programa Escuelas Verdes, que depende del Ministerio de Educación de la ciudad. Desde comienzos de año, se sumó a la mitad de los colegios privados a la campaña de reciclado de residuos. No es de extrañarse entonces que miles de alumnos de todos los niveles lleven a su casa los conocimientos sobre ecología que incorporan en la escuela.

"Es muy interesante lo que pasa. Los padres me dicen: «Mis hijos me queman la cabeza, gracias a vos»", apunta Carlos Gentile, coordinador de Escuelas Verdes. "Claramente es así. Son los chicos los que imponen nuevas conductas en sus casas y a veces, los padres entran en conflicto con esto. Pero es el principio del cambio cultural que viene. Si bien consumo responsable es hacia dónde debemos apuntar, en realidad la incomodidad que genera la cultura verde de los chicos en los padres es la principal generadora del cambio de canducta, sobre todo a la hora de hacer las compras, ya que son los padres los que toman la decisión en el supermercado", agrega.
Evangelina Himitian para La Nación

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