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Noticias
05.07.2014
Diversión a los tiros
Con el furor de las Nerf, las armas de juguete regresan al hogar y reavivan el debate entre los padres: ¿juego inofensivo o naturalización de la violencia?
Fueron los abuelos los que las llevaron a la casa de los Mourelo como un regalo. Los nietos, de 10 y siete años, las conocían de las propagandas y, por supuesto, las anhelaban. María Laura, su madre, no se opuso. Ni siquiera las tomó como armas de juguete: las vio simpáticas, hasta amigables. Siempre, claro, con la condición de no disparar desde cerca ni a la cara. Los Macché se las trajeron de afuera. Ante la insistencia de Beltrán, su hijo, al principio tuvieron dudas: por ser pistolas de juguete, por el tema de la violencia... Pero luego de analizarlo, entendieron que a un chico tan tranquilo como él le podía venir bien para engancharse con otro tipo de juegos más imaginativos y dinámicos. Dan fe de que fue así: hoy las usa para jugar con amigos a los espías y nunca se tiran entre ellos. César Shaw, en cambio, no tenía idea de que existían hasta que un compañero de trabajo se las mostró. Y no sólo a Oliver, de seis, y a Owen, de cuatro, les encantaron. A él también. Las dudas vinieron después, cuando los vio jugar y pensó que tal vez eran pequeños aún para esos juguetes...

El adulto que lea ahora mismo la palabra Nerf puede no saber de qué se trata. O desconocer qué son los blasters. Pero si tienen chicos en edad escolar, apenas les describan una, seguramente se despacharán con un "Ah, sí, mi hijo también la tiene". Es que estas pistolas de juguete fabricadas por Hasbro que parecen inspiradas en Blade Runner, en las que nunca falta el color naranja y que disparan dardos, discos o pelotas de gomaespuma, son furor entre los más chicos. Tanto, que han logrado meterse hasta en casas donde los padres no las ven con buenos ojos. Incluso ya nadie considera tabú entrar a una juguetería a comprar un arma de juguete como sucedía tiempo atrás, cuando ardían los debates en torno al paralelismo entre estos juegos y las tragedias del mundo adulto.

El fin de semana pasado, por ejemplo, María Laura Mourelo no dudó en dejar la fiesta de Emilio, de diez, en manos de Nerf Games, que organiza juegos con blasters y la dinámica del paintball para chicos de siete a 12 años. Ella le encontró la explicación a esto de que todos se diviertan durante la fiesta: "Algunos juegan al fútbol, otros al rugby, otros ni siquiera hacen deporte... Pero todos juegan a las Nerf". Es cierto que con los recaudos necesarios, las Nerf no pueden hacer daño. Sin embargo, los reparos que expresan algunos tienen que ver con que éstas familiarizan a los chicos con términos con connotaciones bélicas, como "municiones" o "disparar". ¿Es entonces un juego inofensivo o de alguna forma se naturaliza la violencia?

Gabriela Bianchi, mamá de Juanchi, de seis, no está a favor de este tipo de juguetes. La Nerf, sin embargo, también llegó a su casa como regalo de un familiar. Lo que decidieron entonces fue no dejarla a su alcance, y que cada vez que su hijo la quisiera tuviera que pedirla. Al final, Juanchi no se enganchó: quedó ahí tirada y hoy casi ni se acuerda de que la tiene. "A mí no me gusta que juegue con armas porque creo que al usarlas, aunque sean juguetes, como las Nerf, estás promoviéndolas -dice-. Además, me parecen peligrosas para el resto de los chicos que están en casa; que se lastimen un ojo u otra parte del cuerpo. Las pocas veces que mi hijo la usó siempre le dijimos que apuntara a la pared o a la puerta."

La primera diferencia que se debe establecer, según el fundador de la Fundación Padres, el licenciado Adrián Dall'Asta, es entre el juego y el mensaje detrás del juego. "Como instrumento lúdico las Nerf no tienen absolutamente nada de malo: es una pistolita inocente, que tira dardos de gomaespuma. Sería ridículo cargar sobre una supuesta peligrosidad de ésta -opina-. Diferente es el mensaje que le damos a un chico cuando le regalamos esto: si queremos trabajar en la prevención del desarme o cambiar conceptos, sería contraproducente cualquier juego que alimente en la fantasía del niño una situación bélica o de enfrentamiento con otro. Algo que tampoco hay que separar del plano virtual."

En los Estados Unidos, este debate suele resurgir cada vez que ocurre una tragedia en un colegio primario o secundario por un tiroteo en manos de un adolescente. El año pasado, el jefe de marketing de Hasbro, John Frascotti, fue consultado al respecto. Su respuesta fue que, para ellos, los chicos de todas las edades y sus padres entienden que éstos son juguetes. Que las Nerf blasters, en el mercado desde hace unos 20 años, simplemente proveen a los niños oportunidades para jugar y divertirse. "Creemos que son los padres los más indicados para tomar decisiones sobre con qué juguetes deben jugar sus hijos", concluyó Frascotti.

En relación con este debate, la especialista en cultura juvenil Roxana Morduchowicz apunta que en el caso de los Estados Unidos muchas veces se analiza este tema sin tener en cuenta que es un país donde la tenencia de armas es legal. Entonces, ¿por qué responsabilizar a un videojuego o a una pistola de juguete cuando un chico puede tener acceso a un arma real?

Para Morduchowicz, lo importante es observar los contextos donde ocurren las situaciones violentas: dónde vive ese chico, con quién vive. "La primera conclusión sobre el tema es que no hay una relación lineal de causa-efecto entre un videojuego, una serie de televisión, o un juego con armas de juguete y la conducta de los chicos. Responsabilizar a una sola variable es simplificar el problema. La condena a esos juegos violentos lo que hace es ignorar a la sociedad en las que éstos circulan y se producen", sostiene.

"Decir que los chicos que juegan a juegos violentos van a ser más violentos -agrega- es tomarlos como receptores pasivos que absorben tal cual fue emitido eso, como si ese juego o ese juguete tuviera un poder absoluto. Y eso no es real."

AMIGOS EN LA MIRA

De Cañuelas hasta Escobar, en patios, jardines, countries o canchas de fútbol 5, Felipe Ehrlich Moreno y su equipo de "Nerf Games (como paintball, pero para chicos)" ya organizaron en sólo un año más de cien cumpleaños. ¿La dinámica? Primero se presentan, arman los equipos, reparten a cada uno su pechera y, lo más importante, las normas de seguridad: ponerse los anteojos y no quitárselos nunca -incluso cuando ya quedaron fuera del juego-, el uso debido de la pistola de juguete y disparar sólo de los hombros para abajo. Un blaster para cada uno y a empezar con los juegos: el primero de puntería, el segundo con objetivos, como llegar al cuartel del otro, rescatar la bandera, y uno más de puntería en movimiento.

El proyecto, en principio, era un campo de paintball. Pero fue su sobrino, de nueve años, quien le planteó que quería hacer su cumple ahí. Como no podía llevarlo por su edad, se le ocurrió implementar la misma dinámica, pero con las Nerf y aprovechar las técnicas de aprendizaje con chicos que había incorporado como instructor de esquí.

"Están los padres que tienen dudas y nos preguntan cómo es el juego, cómo manejamos la violencia. Les explicamos que buscamos que los chicos trabajen en equipo, que piensen estratégicamente, que se trata de promover destrezas motrices y que jueguen al aire libre. Incluso les damos importancia a las palabras que se usan: en vez de matar o eliminar, por ejemplo, les hablamos de quedar fuera del juego."

José Sahovaler, psiquiatra y coordinador del Departamento de Niños y Adolescentes de APA (Asociación Psicoanalítica Argentina), destaca que este tipo de juegos, incluso con armas de juguete, son una manera de procesar, entender y neutralizar la violencia. "La violencia es inherente al hombre, basta con leer el diario. Si el chico está bien, discrimina lo que es un juego de lo que es la realidad, al igual que una película de un asesinato real. Los chicos han jugado a la guerra o a los vaqueros desde siempre", dice.

Marina, madre de Franco, de 11, y Luciano, de seis, se las regaló para Reyes. El grande venía pidiéndola, pero ella y su marido lo demoraron por la edad del más chico. Además, les parecía que no dejaba de ser algo bélico. Al final, cedieron y le compraron una a cada uno. Cuenta el padre de los chicos que el día que se las dieron estaba con su sobrina, de 12 años. Y antes de que empezaran a jugar, quiso probarlas con ella, quien no tuvo mejor idea que dispararle a la cabeza. "Fue así como, antes de usarlas, salimos a comprar anteojos de plástico para protegerse", cuentan los padres. Y la condición fue ésa: siempre con los anteojos, no dispararse a menos de un metro, sólo jugar al aire libre y, sobre todo, que las usen con responsabilidad.
Fernando Massa para La Nación

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