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26.06.2010
Mentir para contar una historia real
Las vidas de una docena de mujeres homosexuales constituyen la materia narrativa de La niña guerrera (Planeta), en cuya escritura la autora combinó biografía, ficción y prosa periodística.

Hace tiempo ya que Laura Ramos trabaja con el cruce entre géneros: historia de vida, ensayo, reflexión crítica y autobiografía. En su primera novela, Diario íntimo de una niña anticuada (Sudamericana, 2002), combinó el tono confesional con el relato de las aventuras sentimentales de una adolescente porteña de los años setenta, narrado con diversos estilos e influencias, de Emily Brontë a Jane Austen. En su último libro, La niña guerrera (Planeta), conjuga la biografía, la ficción y el perfil periodístico en una docena de historias de mujeres homosexuales.

Entre las protagonistas hay argentinas y extranjeras, profesionales y artistas, religiosas y ateas, militantes por los derechos gays que usan su nombre real y algunas que aparecen con seudónimo para preservar su identidad. Durante cinco años, la escritora (hija de Jorge Abelardo Ramos) realizó las entrevistas, escribió y reescribió las historias y seleccionó aquellas que más la conmovieron. Decidió presentarlas en dos partes (denominadas Primer y Segundo Álbum). Guardó para el final las semblanzas de la cineasta Albertina Carri y la periodista Marta Dillon, a quienes retrata en principio en forma individual y luego como pareja. Para el prólogo, titulado "La niña mentirosa", Ramos eligió una anécdota personal, un episodio de la infancia que la coloca en un rol ambiguo. "Me encanta que ese texto siembre una sospecha -dice Ramos durante la entrevista con adncultura -. El lugar del escritor es el del mentiroso; el escritor es el que elige mentir para contar situaciones corridas de la realidad."

La decisión de aparecer como una protagonista más del libro tuvo que ver, según la autora, con su interés por explorar el cruce de géneros y también con la relación que estableció con las entrevistadas. "Quería mostrarles a ellas y a los lectores dónde estaba plantada. Necesitaba decir sin hipocresía desde qué lugar estaba escribiendo. Si bien intenté desaparecer en la escritura y subordinar mi estilo a la voz de los personajes, sé que eso es una impostación. Uno nunca desaparece del todo. Esa elección es una postura literaria y política", explica mientras sirve un té inglés con masitas.

Durante el proceso de escritura, Ramos cambió varias veces de idea con respecto a cómo presentar las historias. "En un momento eran sólo entrevistas. Después me pareció que sería mejor escribir cada caso con un estilo distinto: carta, confesión, uno a la manera de Henry James, otro a la Jane Austen. Pero las historias resultaron tan potentes que se impusieron solas y me di cuenta de que no podía cargarles un estilo. Entonces decidí oscurecer mi papel de escritora en función de la voz de las protagonistas. Creo que eso está cumplido. Cada una está contada desde su mirada: me metí en el personaje y tomé su voz."

-¿Por qué decidió contar historias reales de lesbianas?

-Creo que el tema surgió como un subproducto de "Buenos Aires me mata", la columna sobre vanguardias artísticas que escribí en el suplemento Sí, de Clarín , durante los años noventa. Había terminado mi primera novela y necesitaba aire fresco. Miré a mi alrededor y encontré lo que había quedado de aquella gran movida cultural, integrada en su mayoría por lesbianas. Pensé que sería interesante acercarme al mundo vivo de esas chicas gays, modernas, interesadas en el arte. Una de ellas, Lisa Kerner, que organiza las fiestas itinerantes Brandon, me pasó su red de amigas en Buenos Aires. Mientras tanto, empecé a pedir contactos en todo el mundo; recibí muchas respuestas y hasta entrevistas realizadas por amigas que vivían en el exterior. Si me parecían interesantes, les pedía que volvieran a entrevistarlas y yo les mandaba preguntas. Después viajé para conocerlas y escucharlas de primera mano.

Cuando se le pregunta con qué criterio eligió las historias para incluir en el libro, Ramos responde: "Debe de haber muchos motivos que desconozco, pero hay dos que puedo reconocer: uno es la profundidad y la verdad artística de cada una. A pesar de que uno edita cuando cuenta algo y elige a quién poner en el lugar del bueno y a quién en el del malvado, creí en sus verdades y decidí tomar partido desde esa mirada. Cuando yo las juzgaba y no lograba meterme en esa historia, las eliminaba. Ése fue el primer criterio".

El segundo, para Ramos, es "más perverso y complicado". Explica: "Tiene que ver con mi leitmotiv , mi trauma, para usar una palabra muy antigua, que deriva de la particular educación que recibí. Crecer con un padre revolucionario y una madre feminista me llevó a formar unos estereotipos ligados al lenguaje y la estructura de la literatura para chicas, afectada, insoportable. Estos tics, para mí, están relacionados con mi formación moral, como persona y escritora. Para poder salir adelante en ese lugar tan dislocado, me estructuré un mundo, una literatura alrededor de Mujercitas y todas sus representaciones".

-¿Hablar sobre la elección sexual de personas reales fue un límite o un desafío a la hora de escribir?

-Fue un límite y me resultó muy complicado. Cada historia era escrita en una primera versión y reescrita en función de las observaciones de las chicas. Eso me limitó muchísimo. En algunas, ficcionalicé a partir de mi propia historia. En otras, como con Dalia Rosetti, por ejemplo, que es el seudónimo de una artista, un personaje de ficción cuenta su historia verdadera. Se dio un juego entre ficción y realidad que me apasionó. No era una biografía ni tenía secretos que revelar. Yo quería contar la visión arbitraria, subjetiva de cada una, sobre su propia vida. Como dijo Truman Capote, "sólo escribí la mitad de lo que vi". Las historias parecen fuertes, pornográficas, políticamente incorrectas o muy arriesgadas, pero es la mitad de lo que me contaron.

-¿Le resultó más difícil escribir sobre su propia historia?

-No, porque hace rato que trabajo con textos autobiográficos, reflexivos, un poco irónicos. Llegué a una instancia en la que agradezco la vida extravagante de mi familia porque me proporcionó material. Soy una persona sin imaginación, pero por lo menos tengo una historia interesante. Doy gracias a mi madrastra, a mi papá, al puré instantáneo que preparaba mi mamá, porque son una herramienta artística con la que opero sobre el mundo.

Natalia Blanc - La Nación

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