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22.04.2011
Julio Bocca:
Acaba de renovar su contrato como director artístico del ballet del Sodre y está cada vez más cómodo viviendo en Uruguay. Dice que se siente apoyado por el presidente Mujica

¿Cómo puede una persona ser adicta al trabajo y, al mismo tiempo, parecer la reencarnación argentina de un Buda que, cuando habla, sólo transmite paz? El secreto lo tiene Julio Bocca, que acaba de renovar su contrato como director artístico del ballet del Servicio Oficial de Difusión, Radiotelevisión y Espectáculos de Uruguay, más conocido como Sodre. Este grupo de danza estaba en decadencia hasta que Bocca, que ha elegido la tranquilidad de Montevideo para asentarse y disfrutar de la vida, agarró el toro por las astas y se encargó, en tiempo récord, de inyectarle eficiencia a la principal compañía del país que ha adoptado como propio.

Bocca dirige a sus colegas amablemente, pero con distancia y mano firme. Tiene la agenda de su compañía definida hasta 2013, y por estos días ha conquistado a los amantes de la danza con una hermosa versión de Un tranvía llamado deseo , con coreografía de Mauricio Wainrot.

Desde que asumió, ha logrado que más de 72 mil personas se acercaran a ver sus espectáculos de danza. De ellas, 11.260 son del interior de Uruguay, y vieron a la compañía durante una histórica gira nacional que, con la participación de María Noel Riccetto, primera bailarina del American Ballet, incluyó una presentación en un gimnasio repleto de la ciudad de Tacuarembó. Allí Bocca, poco antes de que comenzara la función, retiró unas cintas que molestaban en el escenario, como si fuera el utilero suplente de un club de barrio.

En una larga charla con adn Cultura en su oficina de la calle Andes, dice que hacer ese tipo de cosas no le resulta para nada molesto. Distendido, informal y sin prejuicios, habló de la clase política argentina, del apoyo personal que le ha garantizado el presidente José Mujica, de su relación con el alcohol y de la fuerza que la gente común le ha dado en Uruguay después de que, sin pelos en la lengua, declaró al diario El Observador : "La actitud del gremio, que canceló la función de Giselle , me dolió mucho, así que ésta es la primera y la última vez. Si cancelo otra vez, es porque el teatro se vino abajo. Hago la función como sea. Y si no, me retiro a mi casa muy tranquilamente".

-Con tanto apoyo como el que está recibiendo aquí, ¿se siente afianzado en el cargo?

-El apoyo me hace sentir muy bien, pero más importante para mí es que la gente está volviendo a tener confianza en el balletdel Sodre. Como arte, la danza siempre fue muy estimada en Uruguay, pero la gente no es tonta, y el interés había caído porque la compañía no estaba en su mejor forma y porque tampoco había una difusión adecuada de sus actividades. Tratamos de respetar al público, ofreciéndole espectáculos de calidad. Un tranvía llamado deseo fue un desafío, porque es fuerte e implica dificultades para los bailarines. Para mí, fue una buena experiencia. Tenía que saber si esto funcionaba o no. Los clásicos, como La bella durmiente o El cascanueces , siempre gustan, pero lo que yo quiero es llevar la compañía a un nivel internacional.

-¿Cómo se logra eso?

-Abarcando títulos clásicos y también contemporáneos, abordando con naturalidad las obras de coreógrafos tan importantes como Martha Graham y William Forsythe y, sobre todo, haciendo que el cuerpo de baile tenga educados tanto los músculos como la mente para asimilar y transmitir las creaciones actuales de la misma manera en que transmitiría las clásicas.

-Personalmente, ¿qué lo atrae de una historia de dramatismo intenso, como es la que se cuenta en Un tranvía llamado deseo ?

-Lo que me atrae es que podría ser una historia real. Fue creada hace años y sigue teniendo vigencia, porque muestra el maltrato que sufre el ser humano, las vejaciones, la enfermedad de quien no quiere envejecer. Y el artista tiene que interpretar esa historia aun sin haber vivido experiencias semejantes. ¿Cómo podemos transmitir esas sensaciones sin caer en la artificialidad? Eso es lo lindo de esta historia. Y, para contarla, hay que ser sutil desde lo estético, como lo fue Mauricio Wainrot, porque si no se pierde la magia. Pero realmente es fuerte: el otro día, en un ensayo, una de las protagonistas terminó llorando. Y las escenas muchas veces son reales. ¿Sabés las cachetadas que me pegaba Alessandra Ferri en La fierecilla domada ?

-No, no lo sé: usted no tiene moretones?

-Pero en su momento los tuve [risas]. Y hacer las escenas en vez de simularlas te sirve para interpretar mejor al personaje y para sentirte lleno cuando ha caído el telón.

-¿Usted también se emociona como director, con el mismo tipo de emoción que sentía en escena?

-Bueno, uno está afuera, mirando todo más fríamente, pero, a veces, cuando terminábamos un ensayo, había tensión en el ambiente. Y eso está bueno, porque es una obra tensa. Por otro lado, mi trabajo es controlar que el entusiasmo de los bailarines no provoque sobreactuaciones.

-Cuando el ballet viajó al interior de Uruguay, ¿cómo vivió la interacción con el público?

-La viví muy bien, la verdad, porque me sentí feliz de ver cómo respondieron ante algo nuevo, diferente, en lugares donde la gente no está acostumbrada a ver ballet, como un estadio de básquetbol. Esa combinación de niños que nunca vieron danza con adultos y fanáticos me gustó mucho, porque eso hizo que, por un día, fuera algo cotidiano, habitual. Para mí fue maravilloso y para los bailarines fue genial. [N. de la R.: varias mujeres se emocionaron hasta las lágrimas y confesaron a adn que, a partir de ese momento, tenían la esperanza de que sus hijos se transformaran en bailarines].

-Generalmente, cuando la gente tose, hace mucho ruido o come durante los espectáculos, el actor, el músico o el bailarín pierden la concentración. En este caso, el público comía panchos mientras ustedes bailaban. ¿Eso le molestó?

-Para nada: la atmósfera que se creó fue hermosa. Lo importante es la puntualidad y el silencio, para que no suceda lo que le pasó al tipo al que asesinaron en Lituania por no quedarse callado mientras veía la película El cisne negro .

-¿Qué grado de neurosis y de perfeccionismo diría que es necesario para alcanzar la excelencia?

-El máximo: siempre tenés que ser neurótico [risas]. Realmente considero que la disciplina es fundamental. Yo la puedo pedir porque, cuando dirijo, cuento con el respaldo de mi trayectoria.

-¿Qué le diría a un argentino si le reprochara que usted está haciendo todo esto en Uruguay y no en su propio país?

-Nada, porque hasta ahora eso no ha ocurrido.

-¿Es más respetuoso y menos invasivo respecto de la vida privada de los artistas un uruguayo medio que un argentino medio?

-El montevideano es más reservado que el habitante del interior de Uruguay. El del interior se parece más al porteño en cuanto al cholulismo. El montevideano mantiene más distancia. De todos modos, a mí me cuesta mucho exponerme: es un problema personal. Estar con mucha gente me abruma y me lleva a recordar viejas épocas que no quiero repetir.

-¿Pero qué es lo que le gusta tanto de Uruguay?

-A mí me gusta mucho vivir en Uruguay. Una vez que estás establecido, obviamente encontrás dificultades, porque la limpieza de la ciudad no es lo que era y la inseguridad es cada vez mayor. Pero todavía queda un amplio margen para la vida tranquila. Está la maravilla de diversos paisajes condensados en un espacio pequeño. La gente es educada, algo maravilloso, sumado a una libertad democrática muy importante. Claro que hay que luchar contra otros fenómenos, como la burocracia.

-Hablando de democracia, ¿cómo ve políticamente a la Argentina?

-Me parece que nunca hay un proyecto a largo plazo y que sólo importa el hoy, lo que hace difícil programar y soñar. Pero yo estoy acá y hablo con gente que está a favor y con otra que está en contra del gobierno. No me gusta generar chusmeríos.

-¿Pensar sólo en el hoy es el problema argentino?

-Sí, porque cada gobierno cambia todo, y me refiero tanto al área nacional como a las departamentales. En la Argentina siempre se piensa que quien vino antes o después de uno ni hizo ni hará nada bueno. Así se piensa: andamos un poco, se nos acaba la nafta, paramos y empezamos de nuevo.

-¿Natalie Portman ganó justificadamente el Oscar por su actuación en El cisne negro ?

-Como bailarín, me pareció bien que la gente viera el esfuerzo que hay que hacer y lo complicadas que pueden ser las madres frustradas y obsesivas que les coartan la libertad a sus hijas. Esa obsesión es común. Y bueno, la fiesta, lo sexual, también forma parte de la vida cotidiana [risas]. Pero no me parece que lo que hizo Portman, que está muy bien, haya sido suficiente para ganar un Oscar.

-¿Cómo le explicaría a alguien el amor que usted siente hacia el ballet? ¿Se parece más al cariño que una madre siente por un hijo o a la devoción que un militante político siente por su caudillo?

-No sé si puedo explicarlo. Hay sólo una palabra, "amor", pero es un conjunto de cosas. Es el respeto por lo que a uno le gusta, es el cariño, la satisfacción, la entrega, la devolución, es todo. Es un continuo aprendizaje, es cómo lo que ya no podés dar con el cuerpo lo podés transmitir de otra forma; es un amor cotidiano, un amor de levantarte con tu madre y tomar el desayuno, de ir a jugar un partido de fútbol con tu padre. Es disciplina, es desarrollar una programación, es pensar, es soñar. Siento que siempre he tenido ese amor.

-Antes de dejar de creer en Dios, usted pasó por el cristianismo y por el budismo. ¿Esa transformación sí se puede explicar?

-Yo me quedé con la búsqueda del aprendizaje interior propio. Pero, igual, mi madre siempre me regala una Virgencita, unas cintitas rojas y un montón de cosas, y las acepto y las tengo. También tengo como regalo una especie de rosario budista, pero para mí estos objetos no tienen valor religioso.

-En el contacto con la naturaleza, ¿nunca siente la presencia de Dios?

-No, no lo sé. Pero me despierto y agradezco por poder vivir un día más, por levantarme y porque hay un día divino y tranquilo.

-Pasando a asuntos más terrenales, ¿cómo es su relación personal con el presidente uruguayo, Pepe Mujica?

-No lo conozco profundamente, porque no me siento a tomar un café con él todos los días, pero sí lo he visto unas tres veces; él ha apoyado mi trabajo y ha asegurado que quiere que el ballet y el Sodre funcionen muy bien.

-¿Dónde ha pasado usted las mejores vacaciones de su vida?

-En un barco en el Caribe. Estaba tranquilo, no había nadie, me tiraba a nadar, no hacía nada y comía...

-¿Veía pececitos de colores?

-Sí, sobre todo después de tomar varias botellas de vino y de champagne [risas]. He pasado vacaciones maravillosas con amigos, pero cada vez busco más la tranquilidad.

-¿Cuán frágil es usted como persona?

-Poco, muy poco frágil. Pero sí sensible. Una persona frágil no tiene fuerza para recibir lo que la gente le puede dar.

-Para terminar, ¿puede hablar sobre su relación con el alcohol y con las drogas?

-Probé una vez cocaína a fines de los años 80 y, un poco más tarde, marihuana. Cuando probé la cocaína, sentí el mismo efecto que con una cerveza. Y la cerveza era más fresca, así que me quedé con eso. Por otro lado, la marihuana me daba sueño y hambre, así que no era compatible conmigo, que tenía que cuidarme el físico. Además, no me llamó la atención fumar, ni siquiera en una época en la que todos los pendejos fumaban. Pero bueno: mi droga es el alcohol. A mí me gusta el champagne, el vino tinto, el fernet y la cervecita. Tampoco hay que excederse, pero de lo que depende todo es de la fuerza de cada uno y, fundamentalmente, de la familia que tengas.

Pablo Cohen para La Nación

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