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18.10.2012
Un homenaje a María Elena Walsh en la casa de “Doña Disparate”
Fueron amigas y sostuvieron un largo diálogo por correspondencia. Esas cartas se pueden ver en la exposición.

Dos mujeres de carácter, tres décadas de amistad y veinte años de cartas cruzadas. Eran tan distintas y, a la vez, tan parecidas. Una nació a fines del siglo XIX, la otra en 1930. La mayor provenía de una familia patricia, la segunda era hija de un ferroviario. Sus trayectorias abarcan y explican la cultura alta y popular de la Argentina del siglo XX. Como si una fuera el reflejo distorsionado de la otra y viceversa, las imágenes de María Elena Walsh y de Victoria Ocampo emergen en la muestra que abre hoy en Villa Ocampo: " María Elena Walsh en la casa de Doña Disparate" .

El nombre no es casual. Así se veía Victoria, como Doña Disparate, la protagonista de ese hit musical de María Elena. En una carta del 20 de mayo de 1962, Victoria dice: " Te escribe Doña Disparate. En ella me he transformado o me ha transformado la Gran Función de los Plin" . Ocampo como el personaje, sentía que sus emociones y deseos la gobernaban arbitrariamente. Eso le pasaba escuchando a María Elena, mientras recobraba su infancia y escribía su autobiografía.

Fotos, objetos, primeras ediciones de discos y libros de María Elena están desperdigados entre las habitaciones donde vivió la mayor de las Ocampo, esa imponente casona de Beccar que fue a su vez el cuartel general de la Revista Sur y por donde desfilaron Aldous Huxley o José Ortega y Gasset. También está la correspondencia entre ambas. "Las cartas son el corazón de la muestra, porque allí no hay nada reconstruido. Y es un diálogo de dos décadas", afirma Ernesto Montequin, uno de los curadores y uno de los investigadores más destacados sobre las hermanas Ocampo y Adolfo Bioy Casares.

La segunda curadora de esta muestra es la fotógrafa Sara Facio, inseparable pareja de Walsh. Ella aportó las cartas de Victoria a María Elena y el enorme archivo fotográfico que reconstruye la vida de su compañera, desde su infancia, hasta el final, ayer nomás, a principios del año pasado.

Nicolás Helft, director de Villa Ocampo, la contactó poco después de ese enero amargo. Tenía las cartas de María Elena y quería que Facio buscara las otras. Ella se demoró. "Me causaba impresión mirar sus papeles", cuenta ahora. Después de Navidad empezó la búsqueda, "hasta que se me prendió la lamparita" y se acordó de que María Elena le había regalado todas las cartas de Victoria para su cumpleaños de 50. "Ella sabía cuánto admiraba yo a Victoria y que era mi modelo como mujer, como editora", cuenta Facio, que no tarda en evocar la dedicatoria de Walsh: "Te regalo lo que más te gusta en la vida".

Sara también trajo la guitarra, la caja de música y el poncho de María Elena. Y ordenó la disposición de las fotos que dan cuenta de las diversas amistades. Al lado de Palito Ortega o de Adolfo Bioy Casares. Junto a Mercedes Sosa, Joan Manuel Serrat o Julio Cortázar. En todas –también en blanco y negro– sobresalen sus ojos azules.

Hay además montones de tortugas –una colección privada de Manuelitas– que amigos o lectores desconocidos le hacían llegar a Walsh desde todo el planeta.

Montequín, responsable de los diarios de Bioy Casares y de la autobiografía de Victoria, se sorprendió al encontrar "un diálogo de pares, llano, entre mujeres de clases sociales tan distintas, con códigos sociales tan distintos". "Dialogaban de igual a igual. Y permiten bajar a Victoria al llano, de su imagen marmórea y aristocrática", explica. No son cartas literarias ni escritas para la posteridad. Victoria siempre la trató de vos y María Elena, siempre de usted. Hay postales, invitaciones de fin de semana y siempre, mucho cariño.

"La muestra es muy original y absolutamente nueva", se entusiasma Facio, que el sábado a las 16.30 inaugurará oficialmente la muestra junto a Leopoldo Brizuela, autor del prólogo del libro y discípulo de Walsh; Nino Ramella y Montequín. Y espectáculos musicales.

Se exhiben primeras ediciones de sus discos de Canciones para mirar y de todos sus libros, y ejemplares de la revista Sur en los que María Elena empezó a descollar a los 18 años, con artículos en los que polemizaba con la directora, sobre el lugar de las mujeres .

Para chicos y grandes, los personajes fantásticos de María Elena copan la mansión. En el dormitorio de la anfitriona hay una mona, como Jacinta, recostada, en la cama, otros animales custodian el jardín y en la planta baja está todo dispuesto para tomar el té. La intervención artística fue pensada por el arquitecto Eugenio Ottolenghi y ejecutada por los artistas Laura Onetto y Tomás Otero.

Cartas, libros, discos, fotos y muñecos que se ven a simple vista. Detrás, una amistad, lecturas compartidas: Lewis Carroll, y una parte grande de la historia argentina.

Guido Carelli Lynch para Clarín

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