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17.11.2012
Un regreso impulsado por la tristeza
El coreógrafo estrenó Flamma Flamma, una obra que, asegura, fue generada desde el dolor por la muerte de seres queridos y en la que incorpora elementos biográficos.

Flamma Flamma es la coreografía sobre música de Nicholas Lens, de Mauricio Wainrot, director del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, que se estrenó recientemente. Sobre esta obra y la actualidad de su trabajo en el TGSM habla el coreógrafo.

—Desde hacía tiempo no se veía un estreno tuyo.
—En 2011 no hice ningún estreno por varias razones. Tuvimos muy poco presupuesto. Entonces, invité a Mabel Dai Chee Chang, Ana María Stekelman y Elizabeth de Chapeaurouge e hicieron un programa bárbaro. Además, se murió mi mamá, mi mejor amigo estuvo muy enfermo y me iba a poner con Flamma Flamma cuando Julio Bocca destrabó y consiguió los derechos para hacer Un tranvía llamado deseo, y lo hicimos en Montevideo y Buenos Aires. Así postergué Flamma Flamma.
—Has declarado que imaginaste esta obra con tu pareja Carlos Gallardo, el artista plástico que falleció en 2008. ¿Cómo interviene lo biográfico en tu creación?
—Nunca hago una obra porque sí; siempre tienen un motivo. Puede ser un momento político, como cuando hice Ana Frank en el fin de la dictadura. Flamma Flamma puede parecer abstracta, pero el nudo de por qué o cómo la hice surge por motivos personales. Habíamos empezado a trabajarla con Carlos y por distintas causas no salió. La vida y la muerte, que me han atravesado mucho estos años, han sido un disparador de tristeza, de angustia, para la obra. También está el fuego, elemento purificador que, como en los bosques o el campo, después de él renace la hierba. Para mí, Flamma Flamma es un renacer. También regreso a una gran espectacularidad: hacía mucho que no encaraba una obra con toda la compañía, como sucede ahora. Además, tiene una escenografía y un vestuario maravillosos, de Graciela Galán.
—¿Cuál es tu percepción del actual funcionamiento del Teatro San Martín?
—El TGSM vive un cambio muy grande después de tantos años con Kive Staiff (desde 2010, el director es Alberto Ligaluppi). Kive siempre ha estado muy cerca de los artistas, los ensayos, los proyectos. Ahora yo tengo una muy buena relación con los directores, pero tienen otro estilo de trabajo. Están muy abocados a lo que pasa con el Ministerio de Cultura, que tiene más injerencia dentro del teatro de lo que tenía antes. Vienen montones de espectáculos arreglados o contratados con convenios con Francia, Colombia, Chile, México, España. Antes, el 90 por ciento de los espectáculos era producido por artistas de cada uno de los teatros.
—¿Esto implica que hay menos trabajo para los locales?
—Sí, de alguna manera, sí, absolutamente, hay menos trabajo. Antes se estrenaban tres o cuatro obras por año en la Martín Coronado; pero este año se ha estrenado una sola. Tal vez sea más interesante para el público lo que pasa ahora. Para nosotros, no lo es. Me gustaría que el San Martín o el Complejo Teatral produjeran más espectáculos nacionales.
—¿Cómo es tu trato con el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad?
—Es muy bueno. Cuando me encuentro con el ministro o con el subsecretario de Cultura, Alejandro Gómez, es muy bueno. Pero me gustaría, necesito, tener una relación más fluida, más rápida, para ir revisando los cambios sobre los proyectos. A veces pasan semanas sin que pueda hablar con alguien y muchas veces me siento muy en soledad. No solamente yo; a los directores del teatro también les pasa.

Analía Melgar para Perfil.com

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