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05.10.2014
HBO estrena
El documental muestra algo tan notable como extraño de ver: Robert De Niro llorando por su padre, por la vida, la enfermedad y la muerte de su padre, un pintor reconocido y luego olvidado, el gran artista detrás de un hijo más que célebre y un hombre gay que vivió su sexualidad en la relativa libertad de los cánones de su tiempo. 
A principios de la década del 90, Robert De Niro estaba en un gran momento profesional, a lo mejor incomparable con los picos de El padrino, El francotirador, El rey de la comedia o Taxi Driver, pero sin embargo notable: en 1990 estrenó Buenos muchachos de Scorsese y Despertares junto a Robin Williams; en 1991 se transformó físicamente –una bestia asesina y sensual– para la remake de Cabo de miedo y en 1993 debutó como director con A Bronx Tale, una historia de mafia e iniciación. Era el mejor y más respetado actor del mundo –todavía lo es, posiblemente, aunque no le den los papeles que su enorme talento necesita–. Como siempre, mantenía su vida privada bien lejos del escrutinio público, de modo que nadie sabía que mientras se sucedían estos éxitos su padre, Robert De Niro Sr., estaba enfermo de cáncer de próstata y se negaba a aceptar un tratamiento, un poco por miedo, otro poco por depresión. "Me arrepiento todos los días de no haberle insistido con que se tratara", dice, hoy, Robert De Niro. "Si yo me hubiese metido, si hubiese tomado decisiones por él en vez de dedicarme tanto a mi carrera, a lo mejor se hubiese salvado. Podría estar vivo hoy". Cuando Robert De Niro habla de la muerte de su padre y de esos años, llora. Es extraño verlo llorar porque lo hace sin vergüenza, con un dolor vivo y nostálgico que tiene algo desesperante, algo de culpa y desolación. Y lo hace varias veces, ese llanto tan sentido y triste, en Remembering The Artist: Robert De Niro Sr., el documental que estrenó en Estados Unidos la señal HBO, con dirección de Perri Peltz. Remembering The Artist quiere decir "Recordando al artista" y de eso se trata la película: de repasar la vida y la obra del otro Robert De Niro, el padre, que fue un pintor reconocido y después olvidado, y un hombre gay que vivió su sexualidad con libertad, o al menos con toda la libertad que le permitía su época y su formación.

NO CRECER CON PAPÁ

Una de las sorpresas adicionales que trae Remembering The Artist es que derrumba por completo la impresión de que Robert De Niro se crió entre inmigrantes italianos vagamente mafiosos en los callejones de Manhattan o el Bronx. Nada más lejos. Robert De Niro padre era, sí, hijo de un inmigrante del sur de Italia. Pero su crianza fue muy distinta de la de otros chicos con su mismo origen. Creció en Syracuse, al norte del estado de Nueva York y en los años '30 estudió en el Black Mountain College, una institución muy liberal y vanguardista de Carolina del Norte donde, por ejemplo, Merce Cunningham formó su compañía de baile y John Cage montó su primer happening; Walter Gropius y Willem de Kooning eran profesores ahí; el pintor Cy Twombly y el director Arthur Penn, algunos de los alumnos más famosos. De esa experiencia, De Niro padre salió como protegido de Josef Albers, maestro de la Bauhaus, su profesor. Aunque no le interesaba mucho ese estilo, sí le interesaban las vanguardias, el arte europeo: Derain y Matisse eran sus favoritos y sus influencias. Eran los años '40 y Estados Unidos, receptor de artistas e intelectuales escapados de la Europa en guerra, estaba a punto de convertirse en el nuevo imán artístico o, mejor dicho, la New York School de Mark Rothko, De Kooning y Jackson Pollock, el expresionismo abstracto, sería durante la posguerra el núcleo de artistas más potente del mundo.

Pero en 1942, cuando Robert De Niro Sr. empezó a estudiar con el pintor alemán Hans Hoffmann en Massachusets, ese dominio todavía estaba un poco lejos. Hoffmann, que vivía en Estados Unidos desde 1932, fue un maestro central para el movimiento que vendría, pero además fue importantísimo en la vida de su alumno De Niro porque en sus clases conoció a Virginia Admiral, también pintora, una chica de anteojos de marco grueso y una personalidad avasallante. La pareja de artistas se casó ese mismo año y se mudó a un loft de Greenwich Village en Nueva York. Virginia dejó de pintar cuando, apenas un año después de casada, tuvo a su único hijo bautizado como su padre: Robert De Niro. Bobby fue un chico gordito que creció entre Henry Miller y Anaïs Nin, amigos e habitués del loft, y que se dormía en brazos de Tennessee Williams, amigo de su padre.

La infancia entre bohemios de Bobby, sin embargo, duró muy poco. Apenas un año. Fue lo que su padre pudo soportar casado. En Remembering The Artist, Robert De Niro el actor lee los diarios de su padre, que confiesa su desinterés por las mujeres, su infelicidad y el amor que sentía por su único hijo. "Lo intentó –dice De Niro–, pero no pudo seguir haciendo de esposo y padre. Tenía los conflictos con la homosexualidad, así la llamaba, típicos de la época, y sufrió especialmente el rechazo de mi abuelo, que era un americano formal, cuadrado, aunque lo dejó estudiar lo que quiso. Mi padre, por supuesto, no era convencional. Pero era amoroso. Aunque yo vivía con mi madre y ellos se divorciaron, lo veía seguido durante mi infancia, jamás perdimos contacto. Me llevaba al cine y a andar en bicicleta. Yo nunca tenía la paciencia de posar para él. Muchos años después lo hizo mi hija Drena y también mi hijo Raphael."

Robert De Niro dio una sola entrevista promocional para Remembering The Artist y fue para la revista gay Out. Fue, claro, una decisión calculada: la de hacer visible la condición gay de su padre. "Con él no hablábamos del tema, aunque era obvio. Yo era su hijo después de todo: un hijo es el último en enterarse de esas cosas. Con mi madre lo hablé alguna vez, pero a ella no le gustaba hablar de nada, en general. Los dos eran personas particulares. Siguieron siendo amigos después del divorcio: ella siempre lo apoyó como artista, incluso le prestaba estudios para que trabajara. Mi madre, sin embargo, nunca volvió a pintar. Y se enojaba si yo le sugería que había algo de frustración en ese abandono." En la entrevista con Out, el periodista Jerry Portwood le pregunta a De Niro por qué está haciendo el coming out de su padre. Y De Niro le contesta: "El no lo ocultaba aunque tampoco lo sabía todo el mundo. Y yo sentí siempre la responsabilidad de decirlo, de contar su historia. Me sentía obligado. Siempre le estaba dando vueltas a hacer un documental sobre su vida y nunca lograba llevarlo a cabo. Lo primero fue darle a Thelma Schoonmaker, la editora de Martin Scorsese, unas películas caseras que estaban en pésimo estado, para que las restaurara: las había filmado un tipo que solía andar atrás de mi papá en los '70. Ahí arrancó. Y cuando apareció HBO, el proyecto se volvió más serio. Más objetivo. Quise hacerlo también por mis hijos, quise rescatar su legado. Su sexualidad es parte de ese legado como el hecho de que no era un padre ausente, era un padre cercano. Y me adoraba. Y yo lo adoraba".

LA RISA Y EL OLVIDO

Robert De Niro Sr. tuvo éxito en la primera mitad de su carrera. Cuando hizo una muestra para Peggy Guggenheim en 1945, las reseñas fueron gloriosas y él apenas contaba 24 años. Era atractivo, divertido, le gustaba bailar, escribía constantemente en su diario, tenía un loco como mascota, le encantaba Francia, soñaba con París, su musa era Greta Garbo y la pintaba con frecuencia. En los '50 tuvo varias exhibiciones en la galería Charles Egan, y solía compartir cartel con los expresionistas abstractos, de los que nunca fue parte. Según explican los críticos e historiadores del arte invitados en Remembering The Artist, De Niro padre nunca se llevó bien con sus compañeros de generación, ni siquiera iba a los mismos bares. Que fueran compañeros de generación también es discutible: aunque contemporáneo, el trabajo de De Niro, sus gustos, estaban un poco desfasados. Llegó demasiado temprano, quizás. El ambiente en Nueva York era competitivo: faltar a una muestra era considerado una afrenta. De Niro padre faltaba a muchas. Para los críticos, que nunca negaron su calidad, su relevancia empezó a decaer: lo llamaban demasiado francés, poco americano; nunca dejó de ser un pintor figurativo. Para mediados de los '50 escribía en su diario que estaba "posiblemente celoso" de De Kooning, que ganaba 15.000 dólares al año –una fortuna en aquella época– y se empezó a deprimir. Sus amigos cuentan que odiaba a los galeristas o, si no los odiaba, terminaba peleado con ellos. En los '60, con el arte pop y Andy Warhol, las pinturas de Robert De Niro Sr. quedaron definitivamente fechadas y él, amargado, porque no entendía para nada esta nueva escena que conquistaba Nueva York, se fue a su tierra prometida, París, a ver esos cuadros de Courbet que amaba, a vivir una segunda vida bohemia.

Le fue mal. En el documental, Robert De Niro hijo lee las cartas que recibía desde Europa. Una dice: "Bobby querido. Estoy tratando de no caer hospitalizado otra vez. El verano pasado me salvaste la vida y espero que este año me la salves de vuelta. Sos un ángel". De Niro hijo, de 18 años, viajó a París a ayudar a su padre. Como no sabía qué hacer, tomó algunas de las pinturas y empezó a ofrecerlas a los galeristas de la Rive Gauche, sin suerte. "No se hace así", dice De Niro en la película. "Hay que tener un agente, algo. Yo no lo sabía, él no me daba indicaciones. Por suerte pude meterlo a un avión y volvimos a Nueva York."

Con los años '70 llegó el éxito de Robert De Niro en el cine. Su padre pudo verlo, disfrutarlo y también sufrirlo. "Nunca me dijo nada, pero sé que mi reconocimiento le daba un poco de envidia. Rezongaba en voz baja, casi como un chiste, pero creo que le dolía. Y encima tenemos el mismo nombre." A quien le duele ahora ese desequilibrio es a De Niro hijo. Es claro en su angustia, en el cuidado con que mantiene el estudio de su padre en el Soho. Solía usarlo, cuenta, para reuniones y hace unos años hasta pensó en cerrarlo, en desmantelarlo: antes de tomar la decisión documentó cada rincón, sacó fotos de cada obra. Finalmente, no pudo deshacerse ni del lugar ni de las pinturas. En cambio, organizó un premio que lleva el nombre de su padre y también se dedica activamente a rastrear todas las pinturas que están en poder de colecciones privadas: las compra. "Es mi obligación mantener su legado, lograr que su nombre dure tanto o más que el mío", dice, y en la película vuelve a llorar, sentado entre esas pinturas vivaces. "Insisto, también lo hago por mis hijos, quiero que sepan lo que hizo su abuelo."

Lo que De Niro no sabe si quiere compartir con el mundo son los diarios de su padre, páginas y páginas en bellísima cursiva, un impresionante testimonio de época con textos que recuerdan a John Cheever pero con un poco más de joie de vivre. El propio De Niro hijo mismo todavía no los leyó completos; de hecho, leyó apenas una pequeña parte y solamente para hacer el documental. "Lo estoy consultando con amigos, se los doy a leer. No estoy seguro de qué hacer con los diarios, pero no por el contenido: lo que él sentía, lo que tenía para decir, también es parte de su legado. No tengo problemas con eso. Mucho menos con los fragmentos donde habla de su sexualidad. Las dificultades, por ahora, son de mi parte y son afectivas. Las mismas que me llevaron a retrasar tanto esta película. Debería haberla hecho diez años atrás. Pero me alegro de estrenarla ahora. Y de que sea verdadera. No quise esconder nada. El no se escondía. También me dejó eso: su honestidad."
Mariana Enríquez para Página 12

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