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25.02.2015
Pepito Cibrián Campoy: “Surgió la posibilidad de adoptar un hijo, pero sentí que ya estaba grande"
En una entrevista profunda, el reconocido actor y director habla de amor, del paso del tiempo y de su sueño frustrado de la paternidad
Su casa no se parece a ninguna otra de este tranquilo barrio cerrado de Pilar. Por empezar, resulta casi imposible identificarla a simple vista y lejos de mostrarse, el oasis de Pepito Cibrián (66) se esconde detrás de un portón verde, como si quisiera proteger lo que guarda puertas adentro. Tampoco tiene el típico paisaje tradicional con el pasto prolijamente cortado en un terreno llano. Fiel a su estilo creativo y recargado, el hijo de José Cibrián y Ana María Campoy hizo de su jardín un espectacular bosque de palmeras, sauces, pinos y en el medio construyó su casa de más de 400 metros cuadrados. Como en un cuento, el refugio se descubre entre senderos empedrados, fuentes, cascadas, puentes y lagunas artificiales. En este universo vive desde hace catorce años junto a su marido, el arquitecto Santiago Zenobi (40). 

 "Primero la pensamos como casa de fin de semana y después decidimos vivir acá. Con el tiempo la fuimos ampliando hasta tener una habitación en suite para mi madre, otra para mi tía, otra para un amigo que vivió con nosotros quince años y otra para invitados", dice mientras acaricia a Totó, uno de sus cinco perros.

 –Casi como un hotel, ¿es difícil mantener este lugar?
 –Hay que dedicarle mucho tiempo. El jardinero viene todos los días y está ocho horas trabajando, sacando cortezas, podando… Pensá que tenemos ciento veinte palmeras y no sé cuántos pinos, cactus, orquídeas, enredaderas... Literalmente, ya no entra nada más. [Se ríe]. De algún modo, estoy felizmente aislado de mis vecinos. Y son encantadores, pero la verdad es que me gusta tener mi propia burbuja. Disfruto muchísimo este espacio. Para mí, no hay mayor placer en la vida, además de hacer teatro, que estar en casa.

 –Es como una mezcla de varias escenografías juntas…
 –Alguien una vez me dijo que era como una isla del Caribe. Hace poco un fumigador me explicó que el Botánico y éste son dos parques con sotobosque, porque tienen árboles de gran altura que conviven con especies más pequeñas. Espero vivir mucho para verlo crecer, aunque creo que me va a dar un poco de miedo… Quizá las plantas terminen comiendo la casa. [Se ríe]. Justo estoy escribiendo una novela que tiene que ver con eso, con la protección que nos dan las plantas. Un japonés me decía que para el cuidado botánico hay que poner un 60 por ciento de amor. Y eso es así con todo: 60 por ciento de amor en la vida, en la profesión, en las amistades, en la relación con el mundo, en la pareja. El amor sana, cura, eleva.

 –Hace casi quince años que vivís junto a Santiago…
 –Es mi amigo del alma. Con él aprendí a confiar y a ceder, algo que siempre me costó, pero después de cuarenta y ocho años de terapia ahora cedo encantado de la vida. Santiago me causa admiración, es un hombre culto que lee y tenemos mucho para hablar. Nos acompañamos infinitamente, con decirte que se aguanta dormir con los cinco perros en la cama... Conocerlo para mí fue un privilegio. A veces escucho a mujeres de 50 recién separadas que dicen que todavía no encontraron al hombre de su vida y les digo que no se trata de encontrar un Brad Pitt, millonario y rico. El amor de tu vida es aquel de quien podés aceptar sus errores: tal vez sea más gordo, más flaco o más bajo que vos, pero tiene una belleza interior que te completa. Es difícil en la medida que uno busca un ideal, porque la realidad también es que uno no es el ideal de nadie. Santiago no es el ideal ni yo para él, pero somos lo más cercano a eso.

 –Soñaron incluso con adoptar un hijo. ¿Es una cuenta pendiente ser padre?
 –Ya no. Cuando me casé con Ana María Cores tenía 23 años, éramos muy jóvenes… A lo mejor hoy tendríamos un hijo, pero no se dio. Después elegí una vida distinta donde por supuesto me era imposible tener un hijo. Con Santiago buscamos durante mucho tiempo adoptar, pero por distintas razones tampoco se dio. Para cuando finalmente surgió la oportunidad, el año pasado, yo ya me sentía muy grande para ser padre, tenía ganas de vivir la vida sin esa tremenda presión y responsabilidad de educar a un hijo. Una de las cosas que pensé es que si en unos años –Dios no quiera– Santiago llegara a morir antes que yo, ¿qué haría yo a los 80 educando a un adolescente?

 –¿Te reconciliaste con la idea de no ser padre?
 –Es que yo ya me siento padre y mucho. Damián Iglesias, uno de los protagonistas de mi musical Calígula, es uno de mis herederos, sin duda. El ha aprendido todo de mí, y Alejandro Poggio es otro. En ese sentido, soy muy paternalista con mis actores, los amo con pasión, los acompaño, los cuido y si hace frío les digo que lleven abrigo. Son mi orgullo infinito. Yo he dado mucho, sé que soy buena persona. Y los que hablan mal de mí, seguramente, será porque no los elegí en una prueba.

 –Pertenecés a una familia de actores y de alguna manera era inevitable que siguieras este camino. ¿Pensaste alguna vez en otra profesión?
 –Probablemente hubiera sido psicólogo y creo que soy muy bueno en eso. La mente humana me parece maravillosa, me fascina y con los años aprendí a interpretarla. Ya sé cómo es una persona apenas sube al escenario. El cuerpo habla: enseguida te dice si es tímido, si tiene buena energía, si es nervioso… Cuando uno está tan acostumbrado a mirar, ya sabés. También en el acto de escribir buceo la mente humana. De hecho, creo que el arte, el teatro y la escritura me salvaron de la locura. Si no hubiese volcado toda esa energía en mis obras, probablemente hoy estaría internado en una clínica. Porque uno cuando escribe inevitablemente pone todos sus fantasmas. Y en esa lucha contra mis propios molinos de viento, mis obras me salvaron. El teatro te da la posibilidad de poner tu locura en el escenario. Yo puedo permitirme ser Don Quijote sólo cuando estoy en la obra El hombre de la mancha, pero de ninguna manera podría caminar vestido de caballero por la avenida Corrientes.

 –¿Cómo te llevás con la edad y el paso del tiempo?
 –No tengo problema con eso, pero sí con el paso del tiempo. Me angustia que no me alcance la vida para hacer todo lo que tengo ganas de hacer. Sé que Santiago, Cecilia Milone o Georgina Barbarossa me van a cuidar cuando sea viejito y eso tiene que ver con dar amor. La gente que no da amor se muere en soledad y, como no me quiero morir así, hice mucho para que no me ocurra eso. Es probable que yo parta de este mundo antes que Santiago, por eso siempre le digo: "Disfrutá de la vida, enamorate, sé feliz".

 –¿A qué le tenés miedo?
 –Aunque no lo creas, no le temo a la muerte. Me causa pavor la decadencia. No me importa estar en sillas de ruedas mientras pueda escribir. Toda esa decadencia la he vivido con gente que quiero y no quisiera atravesarlo otra vez. Antes que llegar a eso, te juro que prefiero tomarme seis pastillas e irme feliz a la muerte. Que me cremen y me tiren al aire. Mi vida ha sido una vida de ensueño, más allá de los dolores y las pérdidas, con mucho amor, de fantasía mágica y no cambiaría ni un instante de ella.
Jacqueline Isola para Revista ¡HOLA!

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