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03.01.2016
Ser y parecer
Empezó la segunda temporada de Transparent, que explora la sexualidad y la identidad en una familia judía de Los Angeles.

El universo queer parece haber encontrado un espacio de despliegue y exploración en la exitosa serie de Amazon, Transparent, estrenada con gran revuelo el año pasado y que por estos días ha puesto en streaming su segunda temporada completa. Luminosa, excéntrica, desprejuiciada, la apuesta de Jill Soloway (productora de Six Feet Under, United States of Tara y directora de la independiente American Delight) excede todos los pronósticos y se interna con desparpajo en la vida de la poco convencional familia Pfefferman que vive un poco a los tumbos en la zona más chic de Los Ángeles. Académicos prestigiosos, productores musicales cool, jóvenes fracasadas, cuarentonas sexies e insatisfechas, todos los condimentos de Transparent parecían ofrecer un cóctel de vida urbana y moderna en problemas que Soloway desarticula llevando al límite cada elección. Nada es lo que parece, nada es transparente; ni la familia, ni la sexualidad, ni la cuestión judía. Todos y cada uno de sus personajes habitan, con sus conflictos, en un mundo tan real como extraño, mundo en el que gravitan con dolores y dificultades, pero que sobrellevan con una innata calidez y una vitalidad contagiosa que los eleva por encima de las miserias que a todas luces parecían insuperables.

¿Quiénes son estos Pfefferman? Son lo que los Addams considerarían una familia muy normal. Los conocimos hace un año, en una de esas cenas familiares en las que se confiesan grandes secretos. Separado hace años, Mort Pfefferman (Jeffrey Tambor) les cuenta a sus hijos adultos que ha comenzado una lenta transformación para adquirir su nueva identidad: Maura. Además de afrontar los tratamientos con hormonas, las charlas en el centro LGTB, el encuentro de nuevas amistades y la definición de una nueva vida como mujer trans, Maura intenta romper con la norma que gobernaba su vida hasta el momento: el secreto. Esa potencia de la revelación hace eclosión en el seno de la vida familiar sin atisbos de dramatismo ni solemnidad sino que Soloway no solo nos enseña que el género es una construcción cultural, que la vida sexual es compleja y escapa a las etiquetas, y que no hay familias perfectas, sino que además nos confirma que nunca hay que perder el sentido del humor. En Transparent la risa es una descarga, es una válvula de escape; pero además es la que quiebra toda aparente estabilidad, es la que confirma que no hay respuestas absolutas ni estados inalterables.

Si es el humor el que le permite a Soloway eludir esa ola de corrección política que inunda los nuevos tiempos, también es el que habilita a los herederos Pfefferman a revisar el propio pasado silenciado e incursionar sin pruritos en ese terreno farragoso que es la propia identidad y la del mundo que los rodea. Sarah (Amy Landecker), Josh (Jay Duplass) y Ali (Gaby Hoffman) batallan en cada episodio con esos misterios que marcaron su crianza y que tiñen de incertidumbre su presente, con su propia vida como hombres y mujeres, como padres, como adultos. Ese pasado familiar se filtra en videos caseros y filmaciones hogareñas que ponen en escena, al modo de un rompecabezas, esa historia menguada por los tabúes sexuales y religiosos, los condicionamientos históricos y la represión autoimpuesta. En Transparent, el pasado es vital para sus personajes, para comprender sus fracasos, sus insatisfacciones, el rumbo hacia donde quieren dirigirse y las elecciones que han marcado sus vidas. El paso firme de Maura, al que parece haber llegado después de todo un camino de marchas y contramarchas, de ocultamiento y negación, en el que se siente por primera vez segura de lo que quiere, quiebra el sostén de todo un andamiaje de apariencias que lentamente empieza a resquebrajarse. Sarah se separa y retoma un amor lésbico adolescente, Josh lucha con sus amores inconstantes a partir de su paternidad recién descubierta, y Ali desentraña la historia familiar a partir de su propio fracaso y sus nuevas expectativas. En esas historias dispersas y unidas al mismo tiempo, no hay ni hubo cierres o clausuras sino esperas, que se condensan y florecen esta nueva temporada.

Las relaciones en el seno del universo familiar han sido claves en el trabajo de Jill Soloway: lo eran en Six Feet Under –aquella mirada sardónica sobre la muerte y el entierro como núcleos del negocio y la unión familiar–, en la indie American Delight –en la que la genial Kathryn Hahn, que en Transparent interpreta a la novia rabino de Josh, es un ama de casa aburrida que se lleva a su casa a la stripper Juno Temple para que le haga de niñera– y es el centro de Transparent. Todo su universo se nutre de espacios cotidianos salvajemente intervenidos por lo imprevisto, de conversaciones habituales que se tornan reflexiones políticas, de chistes involuntarios que ponen en crisis situaciones importantes. La ceremonia, religiosa o familiar, es una práctica constante en la serie: alrededor de la mesa, del altar o de la tumba. Esas prácticas de celebración, que estrechan y estallan vínculos, resultan fundamentales para la dinámica social, para el intercambio con el otro que es la llave del propio conocimiento. Si la primera temporada comenzaba con una reunión íntima, confesionaria, la segunda arranca con una boda a todo trapo, con trajes blancos y música sacra, con fotografías familiares y tortas de dos pisos. Como no podía ser de otra manera, todo termina en desastre. Pero ese desastre es parte del transcurrir de la vida, en el que esos grandes días de revelación, en los que se sale del clóset, o se abandona a una pareja en plena fiesta, o se descubre que se es padre de un chico de 17 años, son una estación más de la vorágine existencial.

Si el pasado en la primera temporada era privado, ahora es histórico: el lesbianismo en los últimos días de la República de Weimar, las discusiones del feminismo setentista sobre el patriarcado, y el vínculo entre judaísmo y sexualidad. Transparent pone en escena las distintas formas de ser hombre, de ser padre, de ser lesbiana, judío o feminista. Todo su entramado discurre por esas venas abiertas a una realidad que escapa a esa anhelada trasparencia, en la que los límites son más permeables, en la que andamos a tientas, descubriendo quienes somos día a día, celebrando logros y pérdidas, cometiendo errores y pidiendo disculpas. Lo trascendente de la existencia se juega en esas confusiones, en esos secretos revelados al pasar, en esas familias que hacen de lo prohibido el motor del descubrimiento.
Paula Vazquez Prieto para Página12

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