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17.08.2016
Mísia: "Tengo un gran cariño por las travestis, son luchadoras que sufren mucho"
La gran cantante de fados portuguesa estrena Giosefine, una obra de teatro musical sobre el cambio de sexo
Con veinticinco años de una producción discográfica que la ubica como figura central del fado contemporáneo, la cantante portuguesa Mísia se presentará a partir de hoy en el teatro Regio para el estreno internacional de Giosefine, un espectáculo escrito y dirigido por el reconocido dramaturgo español Guillermo Heras.

No se trata, en esta ocasión, de uno de los conciertos característicos de la artista lusitana, sino de un monólogo dramático basado en el relato "Carta desde Casablanca", del italiano Antonio Tabucchi. Una travesti le escribe a su hermana desde un hospital de la ciudad marroquí, antes de realizarse una operación de reasignación de sexo, recordando episodios de su infancia en Italia y contándole su experiencia en un cabaret de Mar del Plata, donde tuvo lugar su transición de Ettore a Giosefine (nombre que adoptó en honor a la cantante y artista de vodevil Joséphine Baker).

Responsable de haber renovado el aire de la música de su país con un fado cosmopolita, en el que confluyen influencias heterogéneas, visibles en una instrumentación y unos arreglos novedosos, Mísia ha conseguido hacerse un público a la medida de su personal estilo interpretativo. Reconociendo la herencia de la gran Amália Rodrigues, a quien dedica su último disco, abrió el camino a una nueva generación de fadistas, entre quienes se destacan Mariza, Carminho y Aldina Duarte.

De cantante a actriz, Mísia se atreve con esta nueva propuesta a cruzar géneros, igual que el entrañable personaje que encarna. "Yo canto en las escenas de cabaret, pero no es Mísia cantando -dice-, sino que es Giosefine, el personaje, que tiene un tono de voz diferente al mío, incluso, más masculino." Con una puesta que cuenta con proyecciones visuales y un libreto que se mantiene fiel al texto original, la acompañan en el escenario el pianista napolitano Fabrizio Romano en las escenas de cabaret y la actriz portuguesa Joana Brandão, quien además de ser asistente de dirección hace de enfermera en las escenas de hospital.

-¿Había tenido alguna experiencia vinculada tan directamente con el teatro?

-En 2013 hice un personaje de El matadero invisible, una obra de la dramaturga francesa Karin Serres. También participé de proyectos musicales en los que lo teatral jugaba un papel muy importante, como en María de Buenos Aires (la ópera-tango de Piazzolla y Ferrer), La historia del soldado, de Stravinski, y Los siete pecados capitales, de Kurt Weil y Bertolt Brecht, pero nunca había tenido la responsabilidad de protagonizar una obra con un monólogo como éste.

-¿Se siente identificada con el personaje de Giosefine?

-Muchísimo. Siento que me calza como un guante, como si hubiera sido escrito para mí. Y me remite a mis inicios, porque cuando empecé en Barcelona, antes de cantar fados, hacía "destape", que es lo que ahora, a partir de Dita von Teese, llaman burlesque. El traje que uso en la obra para las escenas de cabaret tiene trozos de trajes míos de aquella época. A su vez, en las imágenes que se proyectan, elegí representar el personaje de Carmen del Río, cantante del cabaret donde trabaja la protagonista (una mezcla de Carmen Miranda y Dolores del Río), con una foto de mi mamá. Ella y mi abuela también fueron artistas de cabaret y de teatro. De modo que el universo del vodevil, del night club, me resulta muy familiar.

-¿Cómo llegó del cabaret al fado?

-Soy hija de una madre española y un padre portugués de dos tribus sociales completamente opuestas. Mi familia paterna, del norte de Portugal, era muy british, mientras que del lado de mi mamá era una familia catalana de artistas. O sea que tenía que disociarme completamente, ya que las cosas que eran aceptadas en un sitio eran mal vistas en el otro. Creo que elegí el fado, o el fado me eligió a mí, por motivos afectivos, más que artísticos. No sé si fue acertado o no, pero fue una manera de definir quién soy, adónde pertenezco: no hay nada más portugués que el fado.

-¿Las canciones que canta en la obra son las que se mencionan en el relato de Tabucchi?

-La única que conservamos fue "Luna Rossa", una canción napolitana que cantaba la madre de Giosefine. Para el resto del repertorio, como la protagonista es una imitadora de estrellas, he escogido canciones de aquella época de artistas que me imaginé que podría haber imitado, aunque no figuraran necesariamente en el texto: de Lola Flores, por ejemplo, canta la copla "Ojos verdes". También canta "Los mareados", un tango que me encanta, cuya letra hace alusión a una mujer que está en un cabaret bebiendo, justamente.

-¿Qué tipo de afinidad encuentra entre el tango y el fado a la hora de cantar?

-La afinidad se da sobre todo en la temática de las letras. Son canciones casi existencialistas que hablan sobre los grandes sentimientos del alma humana, con su parte brillante y grandiosa, pero también con sus miserias. Para cantar fados no hay que tener una gran voz y cantar como la Virgen María, más bien tienes que ser María Magdalena, tienes que haberte caído y haberte levantado muchas veces. Tal vez se relacionan en este aspecto, pero no musicalmente, ya que el tango es mucho más complejo.

-¿Hay algún lugar para el fado en la obra?

-No, a no ser que llamemos fado al destino, porque eso significa fatum, la palabra latina de la que deriva. El de Giosefine, como el de casi todas las travestis, es un destino muy difícil. Tengo un gran cariño por ellas, porque son luchadoras que sufren mucho, que son marginadas, y tienen una especial sensibilidad, con la que me identifico. Conocí muchas travestis en mi vida artística, sobre todo trabajando en El Molino de Barcelona. Tal es mi identificación que una vez, en Marsella, trabajé tres días en un sitio en el que me contrataron creyendo que yo era travesti. Pero ésa es otra historia.

-En la elección del texto, ¿tuvo alguna incidencia la pasión del escritor italiano por la cultura portuguesa?

-No necesariamente, ya que este relato, atípico para la narrativa de Tabucchi, transcurre mayormente en Rosario, en Mar del Plata y en Casablanca, ciudad que en los años 70 era para los transexuales sinónimo de operación de cambio de sexo. Por otro lado, Tabucchi tiene una obra puesta en escena por Giorgio Strehler, y Roberto Faenza ha llevado Sostiene Pereira al cine, de modo que es un autor que se presta para este tipo de transposiciones.

-Su interés literario se evidencia en la elección de poemas de grandes autores como Pessoa o Mário de Sá-Carneiro para las letras de sus fados.

-Sí, y poemas de poetas vivos, también. La palabra es muy importante para mí. Es un honor que escritores como Saramago, Mário Cláudio o Lídia Jorge hayan escrito poemas especialmente para mi repertorio. En el caso de Agustina Bessa-Luís, es una escritora que sólo escribe prosa, y el poema que escribió para que yo cantara, "Garras dos sentidos", es el único que se le conoce.

-¿Por qué decidieron que el estreno fuera en la Argentina?

-Tiene sentido estrenarla aquí porque es donde Tabucchi decidió, de manera un poco misteriosa, que transcurriera su relato. Además, tengo una larga historia de amor con Buenos Aires, desde la primera vez que me presenté en el Teatro San Martín, hace ya casi veinte años. No puedo decir que el público porteño sea el mejor público porque eso es como decir "el amor de tu vida", no existe. Pero sí puedo decir, y lo he hablado en varias ocasiones con Maria Bethânia, que el público de Buenos Aires es el más generoso, el que manifiesta más ostensiblemente su cariño, el más expresivo. Por otra parte, el teatro Regio, donde cantó nada menos que Gardel, parece estar hecho para Giosefine.
Gabriel Caldirola para La Nación

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