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05.03.2009
Tengo una chica en mi cuerpo
Tendencia: actores que hacen de mujeres. Enrique Pinti, Antonio Gasalla y Fernando Peña retoman esa costumbre ancestral del teatro en la que los roles femeninos eran para los hombres

El primer suspiro que la dulce Julieta deslizó por Romeo sobre el balcón provino de un joven de rostro empolvado y senos postizos que conmovió al público del teatro inglés de la época isabelina como la adolescente que muere por amor. En aquel entonces, las mujeres tenían prohibido por ley subirse a las tablas y la pasión de las heroínas shakespearianas latía en el cuerpo de actores de voz aflautada, provistos de pelucas y otros delicados menesteres.

Hubo épocas en las que los hombres tuvieron excusas para subirse a los tacos y envolverse en los estrechos trajes de los personajes femeninos. Como en 1629, cuando la misma barrera se interpuso entre las actrices y las tablas del Kabuki -forma teatral tradicional del Japón- que fueron expulsadas por relacionar su arte con el escándalo y la prostitución y reemplazadas por los Onnagata , actores que gracias al uso de maquillaje y un elaborado y fascinante vestuario adoptaban (aún hoy lo hacen) aires y formas femeninas.

Un tiempo después, a pesar de la generosa oferta y de la ausencia de limitaciones locales para que las mujeres suban a escena, tres actores, Antonio Gasalla, Enrique Pinti y Fernando Peña, deciden adentrarse en la psiquis femenina en Más respeto que soy tu madre , Hairspray y Diálogo de una prostituta con su cliente , respectivamente.

Con una peluca de rulos estáticos, un deslucido vestido floreado que le llega a las rodillas y unas chinelas gastadas, Antonio Gasalla se transforma en Mirta Berttoti -o el prototipo de ama de casa cincuentona y de clase media- cada vez que se sube al escenario del Metropolitan. No es la primera vez que el cómico se pone en la piel de una mujer. Ha transitado por la de la abuela inmortal, la verborrágica empleada pública, la enfermera indolente, la nena malcriada, la señora estirada (por el bisturí), la apocalíptica y depresiva Soledad Solari, y muchas más. "Jamás pensé que me iba a vestir de mujer en un escenario. Vengo del Conservatorio y, a lo sumo, en las horas libres nos disfrazábamos de mujer en broma -dijo el humorista, que dirige y actúa en Más respeto que soy tu madre , en una entrevista con LA NACION, a mediados de enero-. Lo que pasa es que alguna vez hice una mujer que tuvo éxito y después empezaron a preguntar por la próxima... Más allá de eso, creo a los personajes para contar cosas y hay conflictos de los últimos años que se pueden contar mejor a partir de una mujer. Cuando con Enrique (Pinti) escribimos Matilde queríamos hablar, en plena época de los militares, de cómo se estaba viniendo abajo la clase media. Y eso es más fácil hacerlo con una mujer en medio de su casa y llena de problemas que con un tipo que se quedó sin trabajo". Sobre su personaje, que provoca un mar de carcajadas en la platea, apuntó: "Es un ama de casa, como Matilde, otro personaje mío. Lo que no tiene es el disparate o el nivel de cosa exagerada y gruesa que a veces manejo".

Antes, usaban gomina

"El otro día estaba hablando con Antonio (Gasalla) y le dije que estamos los dos haciendo de viejas, uno en una cuadra y el otro en la otra", señala Pinti, que se convierte en la gruesa y chillona matrona de Hairspray . "Edna (su personaje) es una mujer dulce y frustrada. La gordura la pudo y no quiere que su hija sufra. En la primera versión del musical, el personaje era más zarpado. La construí desde un costado más solidario; es una versión desinfectada de Edna", describe el actor que ya hizo muchos roles femeninos en distintos espectáculos, como Salsa Criolla . "No tienen la pretensión que tiene Edna, son más caricaturescos", distingue.

"Quería hacer una mujer desde mi personalidad, por eso no acepté que me pintaran como a una puerta ni que me borraran las cejas como aparece en la gráfica. Sí acepté el cuerpo postizo porque le da más naturalidad. Quería trabajar con mi cara, por eso base, colorete y nada más", aclara Pinti, que cierra el musical contoneándose dentro de un colosal y titilante vestido de lentejuelas rojas pronto a reventar, en el Astral.

Sobre el desafío que implica cambiar de género, apunta: "Lo más difícil es no hacer una caricatura de mujer: no hacer de travesti, ni amanerar al personaje, porque eso sería la exageración de la mujer. Por eso tiene que ser natural y hay que cuidarse mucho de eso. Tienta pensar: me pongo más femenino. Tampoco hay que deformar demasiado la voz, y el cuerpo falso te ayuda a caminar como una mujer".

Para Fernando Peña, en cambio, el proceso es distinto. Quizá porque el personaje al que le da forma en Diálogo de una prostituta con su cliente también lo es. "Construir una mujer a través de un hombre tiene un poco de esos movimientos hiperexagerados. Las medias de red nunca van a ser lo suficientemente escandalosas, los tacos siempre serán demasiado bajos. Es divertido porque disfruto del desparpajo y la libertad", dice Peña, que se convierte en Manila, una prostituta con 16 años de profesión sin pelos en la lengua, en el Metropolitan. "Es un bollo de carne. Para interpretarla me recuesto mucho en Susana Giménez y en Moria Casán", dice el actor, que buscó inspiración en las bailarinas del Tabarís y en las Rockettes de Nueva York para moldear su personaje, que esconde detrás de la peluca rubia y los párpados fucsia un íntimo secreto.

"Tengo muchos tipos que llaman a la radio y me dicen que Manila es un camión, que tiene una cola sensual y buenas piernas. Nunca pensé en eso y me hizo sentir responsable de hacerla bonita", dice el actor, que en la mitad de la puesta se envuelve en un boa multicolor y sobre un balde con hielo seco baila al ritmo de George Michael para su cliente. "Cada vez que interpreto a una mujer pienso en lo que arden las medias, lo que duelen los tacos y en el rouge", detalla Peña, que hace poco se retiró del teatro vestido como Manila. "No sabés lo que era yo caminando por Corrientes", recuerda entre risas.

"Estamos llegando a que, dentro de poco, todos seremos sólo seres humanos. Aunque creo que esto, como todo, es una moda", opina sobre el hecho de que los actores se sumerjan en papeles femeninos.

Hay obras en las cuales existe una necesidad dramática, según el autor de La Nona , Roberto Cossa, para que un hombre ocupe el papel de una dama. "Es verdad que las mujeres se quejan de que hay menos roles para ellas, pero en aquel caso ( La Nona ) una mujer octogenaria no tiene la fuerza que debería tener el personaje. Lo que pasa es que tiene que haber una necesidad dramática, no simplemente un travestismo para ser original", opina Cossa. El creador de una de las obras del teatro argentino más representadas en el mundo recuerda la génesis de La Nona : "Fue escrita pensando en un hombre, pero no por razones estéticas, sino porque se originó para un programa de televisión en el que todos los personajes eran interpretados por Osvaldo Soriano. Entonces surgió que fuera él quien lo actuara y que fuera una mujer. Después, en 1977, la llevé al teatro y ya pensé que tenía que ser un hombre, en este caso Ulises Dumont. Me di cuenta con las funciones de que el que fuera un hombre quien la interpretara le daba más fuerza metafórica: no era vista como una abuelita". El hambre de esa imparable abuela que todo lo devora y destruye fue caracterizado por Soriano, Dumont y Hugo Arana, entre otros, pero también se ha encarnado en rostros femeninos, como el de Diana Maggi, en el Teatro de la Ribera, a fines de los años 80, y en Patricia Durán, en la actualidad, en el 25 de Mayo. "Siempre aconsejé que la Nona fuera un hombre y se dio la casualidad de que cuando ha sido interpretada por una mujer no ha tenido ni la misma fuerza ni el mismo éxito", advierte.

El autor de Esperando la carroza , Jacobo Langsner, no está a favor de lo que se vislumbra como una tendencia. "¿Por qué si hay tantas actrices con una comicidad impresionante? Prefiero que se respeten los sexos", responde. Su obra salpicada de grotesco y realismo estrenada en los años 60 tuvo numerosas versiones y alcanzó su pico de popularidad al estrenarse la película, dirigida por Alejandro Doria, en 1985 (que en breve tendrá su continuación), donde la caracterización que realizó Gasalla de Mamá Cora quedó eternizada en el imaginario argentino como la de aquella abuelita que confundía mayonesa por flancitos y que nadie quería alojar en su casa. Sobre el nacimiento de la historia en su mente, rescata: "Pasó tanto tiempo que lo único que recuerdo es que la escribí en dos o tres días. Me inspiré en una noticia que había salido en un diario vespertino. Hablaba de Nápoles y de una pelea entre dos hermanos por el honor de velar a la madre. ¡Qué hipocresía!, pensé. Es que son más normales las peleas por quién se ocupa de la muerta o de quién la cuida cuando hay que trabajar".

Langsner nunca pensó que el personaje de la abuelita lo interpretaría un hombre. "No se me ocurrió. Creo que cuando un hombre se disfraza de mujer lo hace para crear comicidad, pero me parece muy fácil lograr la risa de esta manera", apunta, aunque reconoce que la personificación que logró Gasalla estuvo muy bien. "Hay actrices para esos roles y es una locura quitarles esa oportunidad. Desde el momento en que el actor hace gestos de mujer está burlándose y es una caricatura", insiste.

Una es la típica ama de casa, dueña de una moral escurridiza y bien argentina; otra, la madre sobreprotectora y chillona que no quiere que su hija sufra por esos kilos de más; la tercera, al margen de las dos primeras, es una prostituta sin pelos en la lengua con medias de red y peluca de rubia fatal. Son tres papeles de mujeres bien distintas, y en su lugar y bajo el maquillaje y cuerpo postizo descubrimos a Gasalla, Pinti y a Peña. ¿Ya no hay mujeres?

Victoria Pérez Zabala para La Nación

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