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19.07.2009
Y a los gritos
Marcos Zimmermann es el autor de una original serie de fotos de desnudos masculinos realizada en varios países de Sudamérica, que se muestra en el Palais de Glace. Lejos del estereotipo, sorprende ver a un gaucho, a un campesino cocalero o a un torero del Perú. "No se trata de desnudos eróticos, sino de gente desnuda", dice el fotógrafo.

¿Te puedo hacer desnudo?" La pregunta del fotógrafo genera un nooo de "o" estiradas y después una leve carcajada, como si de esa manera Marcos Zimmermann se hiciera cargo de lo paradójico de su respuesta: durante los últimos años, viajó por el continente con el objetivo de retratar hombres desnudos. Esos que se pueden ver en el Palais de Glace hasta el domingo que viene y que forman parte del libro Desnudos sudamericanos. "Te aseguro que cualquier otra persona está mucho más dispuesta a sacarse la ropa que yo", refuerza, mientras va hasta la cocina de esta casa palermitana llena de árboles, fotos y libros –que no comparte con su pareja, Humberto Tortonese, por un sabio pacto de casas separadas– en busca de café.

En más de treinta años de carrera, se fueron sucediendo varios Zimmermann. El que estudió cine y trabajó de fotógrafo en películas como Quebracho, La Raulito, Camila y Miss Mary; el que se aventuró como free-lance durante tres años por las calles de Roma y expuso en una muestra en París junto a obras de Cartier-Bresson, Robert Doisneau, Robert Frank y Joseph Koudelka; el que en 1989 volvió a la Argentina con la idea de fotografiar su geografía y desentrañar la esencia nacional; el que para conseguirlo recorrió la Patagonia, la zona del Río de la Plata y el Noroeste y, después de muchos kilómetros y varios libros, se convirtió en el fotógrafo que supo capturar y narrar la identidad de un país.

"En Roma me di cuenta de lo que era la Argentina, desde afuera pude ver qué significaba para mí y para el mundo. No desde un lugar de nostalgia, sino de deconstrucción ideológica: en este sentido, soy un fotógrafo que ha hecho fotografía básicamente en el interior y de eso que llaman 'identidad'. Sé que no es algo original, lo original probablemente sea el haber sido sistemático", define.

Además de esta continuidad sistemática, hay en Zimmermann una necesidad de que sus imágenes aporten información más allá de lo que podría ser un paisaje bonito o cautivante, atravesada por cierto espíritu historicista que se expresa en la cronología de sus trabajos. Él lo explica: "Patagonia, un lugar en el viento, por ejemplo, es un libro sobre el territorio más viejo de la Argentina y sobre ese vacío infinito. Mi segundo libro, Río de la Plata (río de los sueños), es sobre la entrada de la conquista, con textos de época, y Norte argentino, la tierra y la sangre es una tercera etapa del país, la del mestizaje. Incluso hay un cuarto libro que quiero hacer sobre la actualidad y que completaría esta idea de la Argentina en espacio y en el tiempo".

 –¿Qué descubrió o comprobó a través de estos trabajos?

–Comprobar no comprobé nada, porque sabía poco sobre la Argentina concreta, sabía de la Argentina teórica. Así que investigué, me contacté con historiadores... cuando saqué mi primer libro mucha gente me cuestionó que las fotos tuvieran textos al lado. Pero lo que yo quise hacer fue transmitir todo eso que fui aprendiendo, como el hecho de que en el principio de todo está la clave de muchas cosas que suceden ahora: acá hubo una conquista frustrada, no como la de México o la de Perú, que fue fructífera. Argentina y el Río de la Plata se llaman así por la fantasía de encontrar plata, algo que nunca sucedió. El país, entonces, está fundado en un problema tautológico. Interesante, ¿no?

Al Zimmermann de los paisajes argentinos le sucedió otro que quiso ir un poco más allá, cruzar la frontera y rastrear el hilo invisible de una misma región, Sudamérica, a través de una sola figura: el hombre. La idea surgió en una comida con los dueños de la editorial Larivière, suerte de mecenas que se animan a financiar sus ocurrencias, sus proyectos locos y a veces absurdos como los describe él. "Me gustaría hacer desnudos masculinos por toda América del Sur", les comentó mientras el vino corría en la mesa. "Adelante", dijeron ellos después de darle un sorbo a la copa. Era el 2000 y Zimmermann salió en busca de esos hombres dispuestos a desnudarse frente a su lente, primero en la Argentina y después en Uruguay. Pero al poco tiempo, la debacle de 2001 lo obligó a volver y acovacharse en casa por un rato. Hasta que el panorama escampó y pudo retomar la expedición, esta vez más allá del Río de la Plata.

Pero no fue en busca de cualquier hombre y tampoco de cualquier desnudo. "Casi todos los libros de desnudos masculinos se encuadran dentro de algo estetizante en donde el único protagonista es el cuerpo, o incluso el pene como objeto, y yo no quería hacer eso", aclara. Para alejarse de esa tradición de la que probablemente Robert Mapplethorpe sea el mayor exponente, con sus modelos de musculatura esculpida y miembros intimidantes, Zimmermann eligió una veta que él llama antropológica: el hombre en su contexto, rodeado de su cotidianidad, y el continente sudamericano como fondo. Algunos pensados como íconos de cada país y otros surgidos de manera azarosa a lo largo del recorrido, todos los personajes están atravesados por una misma mirada: "Me gusta decir que no son desnudos eróticos sino que es gente desnudada".

Y entre los desnudados están el gaucho regordete y parco de pene diminuto junto a su vaca malhumorada; la pareja de uruguayos con el infaltable mate; el cocalero boliviano sobre un colchón de hojas puestas a secar; el torero peruano al que le falta su traje enseñando su destreza con una capa; el militar paraguayo mostrando su cuerpo con la misma soberbia con la que alguna vez se colgó sus medallas; el porteador de La Paz con su espalda vencida por tanta carga; los chicos lustrabotas que no tienen vergüenza en mostrar su desnudez, pero sí su oficio, y por eso se cubren la cara con un pasamontañas; la travesti que abraza a su adonis en un cabaret de Maldonado.

"Si tuviera que definir el resultado, diría que es un homenaje al hombre, que es uno solo y muchos a la vez, que ha atravesado mi vida en diferentes sentidos. También es un homenaje a esa cosa sencilla, adusta y machista que tiene el hombre sudamericano. Por eso el libro tiene textos extraídos de Borges, Pedro Lemebel, Manuel Scorza, entre muchos otros, que no están relacionados directamente con la imagen pero que hablan de la masculinidad y el machismo."

 –¿Y cómo logró que se desnudaran?

 –Al principio empecé encarando yo a los personajes y me encontré con que muchos de ellos, cuando me acercaba en un bar, en la calle o en una pinturería y les hacía la propuesta, pensaban que yo quería otra cosa (risas). Entonces contraté a una chica que había hecho producción para libros míos, Gaby Carpaneto, y yo elegía a la gente y ella se acercaba. Porque cuando una chica en la calle le dice a un hombre "¿querés desnudarte para una foto?", lo primero que hace el tipo es reírse, y a partir de ahí es más fácil que acepten. Además, les ofrecíamos un contrato con una pequeña paga. Igual hubo un enorme porcentaje de frustración de lo que yo quería hacer y no pude. De hecho el recorte social tiene que ver con eso: a las clases altas fue imposible fotografiarlas.

–¿Siempre la plata era el estímulo?

–No siempre, nos encontramos con personas que se ofrecían sin problema, como en Santiago de Chile, donde uno que pasaba por donde estábamos trabajando se sacó los walkman, se desnudó, hicimos la foto, se volvió a poner los walkman y se fue.

Como el cuento del chileno, cada imagen trae consigo anécdotas que Zimmermann evoca y forman parte de una narración que no se organiza en torno de la mera desnudez sino a la relación del cuerpo con el lugar en el que se encuentra, y que define a cada retratado como trabajador, como padre, como hijo, como pareja, como amante, como miembro de una clase o como excluido de una sociedad. Y todo esto se potencia cuando el autor de las fotos revela el detrás de escena y cuenta, por ejemplo, que la foto que más le costó fue la del cocalero en la región boliviana de Coroico, un lugar casi inaccesible de rutas literalmente mortales. "Estuvimos tres días buscando, nadie quería, especialmente porque ahí está la DEA dando vueltas y están muy paranoicos. Finalmente Gaby convenció a éste". O el raid policial en Paraguay, donde lo quisieron llevar preso bajo sospecha de trata de blancas: "Yo quería reflejar la época paraguaya conocida como el Paraíso de Mahoma, en la que un hombre tenía sesenta mujeres, así que hicimos unas fotos en un prostíbulo. Cuando nos fuimos, al kilómetro nos encerraron unas camionetas de la policía, me metieron en una, me llevaron a la comisaría y me dijeron que me iban a hacer un juicio por tratante de blancas. Creían que estábamos haciendo una película pornográfica. Al final comprobaron que teníamos permiso y me largaron". O la reticencia de los brasileños a participar, lejos del clisé de que sólo basta bajarles la zunga: "Son todos muy religiosos y hay cierto misticismo que los volvía muy esquivos a esto, les daba miedo". O el chamán peruano que, en cambio, no tuvo problema en mostrarse, al punto de que trasladó todo su altar sagrado hacia un lugar más amplio para que lo pudieran fotografiar: "Me dijo que antes tenía que hacer unas misas, sólo eso".

–¿Cómo operaba la desnudez al momento de hacer las fotos?

 –Al principio era un poco incómodo para todo el mundo, la situación era extraña. Pero al rato de estar sin ropa –y, la verdad, era un rato largo– empezaba a ser algo normal y la gente se relajaba. Me pasó con uno de los uruguayos que estaba muy propenso a la desnudez, que después de las fotos hizo una pizza en su horno de barro y se sentó a comer ¡y en ningún momento se puso la ropa! Por otro lado, una de las cosas más lindas que me dijeron es que al rato de mirar el libro, terminás viendo más las expresiones de la gente que sus cuerpos desnudos. Si logré eso, estoy satisfecho.

Algunos de los desnudos que ahora cuelgan de las paredes del Palais de Glace ya estuvieron allí: fue hace tres años, cuando Zimmermann presentó parte de su trabajo en el marco de la segunda edición de Buenos Aires Photo y desató una polémica que persiste hasta hoy y que lo convirtió en referente del bando que aboga por la libertad de hacer copias de cada obra, frente a los que levantan el estandarte de la foto única. "Parto de la idea de que la fotografía, para mí, es una manera de narrar y en este sentido está más cerca de la literatura que de la pintura, más cerca de la vida real, más allá de que hay muchos que hacen fotografía de sus propios pensamientos. Pero yo creo que la fotografía cobra valor y se pone más interesantes cuando muestra cosas que uno no ha visto. Y por eso no puede participar del mercado del arte igual que la pintura."

–Es algo que está sucediendo ahora, ¿no?

–Sí, hay muchos fotógrafos que hoy limitan su obra porque los dealers y los coleccionistas provienen de la pintura y tienen ese concepto de la obra única, pero yo creo que la naturaleza de la fotografía es todo lo contrario: uno de sus atributos es la posibilidad de reproducirse. A esto se suma que hay dos tipos de coleccionistas: el que le gusta la fotografía, que es a quién me interesa venderle, y el que le gusta coleccionar por coleccionar y quiere tener la pieza única. Ese tipo de coleccionista es avaro e ideológicamente está en contra de lo que yo pienso.

–¿Y cómo hace con sus fotos?

–Las numero y las certifico con mi firma diciendo que se compra la copia número tal, pero no las limito, lo cual me trae bastantes problemas porque en la Argentina creo que soy uno de los únicos que todavía se mantiene en esta postura, pero el agua me está subiendo cada vez más (risas).

–¿Qué Zimmermann nos falta conocer, cuál sigue ahora?

–Quizás el que escribe… Escribí un par de novelas, pero como dice un amigo: "Tenés demasiado buen nombre como fotógrafo para arruinarlo como escritor". Y creo que, por ahora, voy a hacerle caso.

Fernanda Nicolini para Crítica

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