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28.12.2009
La verdad desnuda (e incómoda)
El inglés Sacha Baron Cohen está de vuelta como un fashionista que llega a Hollywood dispuesto a transformarse en "la superestrella gay más grande desde Schwarzenegger".

A su manera, Brüno es una denuncia corrosiva y desternillante con forma de película. Lo mismo puede decirse de Borat (2006), el debut en la pantalla grande del comediante y guionista Sacha Baron Cohen Que sube –mucho– la apuesta en este nuevo falso documental sobre un fashionista austríaco ultragay que no tiene vergüenza y arrasa contra todo lo que huela a buen gusto. Como en Borat, que desnudaba la locura asesina de los adoradores de armas, los racistas y xenófobos de Estados Unidos, Baron Cohen y su director Larry Charles (Curb your Enthusiasm, Seinfeld) se ocupan ahora del salvajismo homófobo, la estupidez de la correción política, la frivolidad peligrosa y el vacío como deporte de la cultura popular.

La película abre con el bochorno por el cual Brüno pasa de ser el conductor del programa Funkytime del cable austríaco, con pase vip al backstage de todos los desfiles y noches locas con su pareja –un azafato pigmeo que lleva cierre en el culo del pantalón, para agilizar el trámite– a quedar afuera del mundillo fashion merced a un innovador traje, todo de velcro, que lo deja literalmente pegado en un pase de Ágata Ruiz de la Prada. Así que decide irse a Los Ángeles para transformarse en una celebridad: "Sería la superestrella austríaca más grande desde Hitler", se convence, sin una gota de ironía. Y, ya en Hollywood, se promete: "Seré la estrella de cine gay más grande desde Schwarzenegger".

Las entrevistas con agentes y los castings no le consiguen al ceceoso Brüno más que algunos roles como extra en series de tevé. Pero el muchacho es demasiado idiota hasta para eso. Así que, gracias a la pequeña inteligencia de un ayudante fiel, tuerce el rumbo para intentar un programa de entrevistas a famosos reales. Hay que verlo con Paula Abdul hablando de lo lindo que es hacer el bien, sentados sobre mexicanos en cuatro patas, en guiño a los Monty Phyton. Brüno es un film extremo, incómodo. Desde su estética de docurreality barato, deliberadamente deudora del telemarketing, con mucho rostro pixelado y genitales censurados bajo fajitas negras que no hacen más que subrayar la sensación de que se está viendo pornografía. Pero también desde un manifiesto potente y tan zarpado como su protagonista: este Brüno, compuesto magistralmente por Baron Cohen, es naif y descarado al punto de observar una orgía swinger o perpetrar un secuestro sin que se le juegue la mínima cuestión moral. Si los tontos como él son los portadores culturales de la verdad, encumbrados como santos inocentes al paladar del cine estadounidense, tan afecto a los que llegan a presidente sin nada que decir, o triunfan en la vida como Forrest Gump, este Brüno debe sentarle como una comida pesada. Es que el tipo será, digamos, limitado, pero se mueve en un mundo de modelos que hablan de lo difícil que es su trabajo –"¡Caminar con tacos altos es taaaan duro!"– o estrellas que se compran niños de otro color de piel sólo para la foto.

Brüno
Origen: EE.UU.
Duración: 81´
Director: Larry Charles
Elenco: Sacha Baron Cohen, Gustaf Hammarsten, Clifford Bañagale, Josh Meyers
Productora: Sony

Mariana Mactas - Crítica

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