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30.01.2010
Una fábula inaudita
La publicación en español de La ciudad de las ratas , de Copi, escrita originalmente en francés, permite rescatar una obra festiva, delirante, siempre imprevisible, de un autor que ha ejercido una oblicua influencia en el reciente paisaje literario argentino

A principios de los años setenta, Copi, seudónimo de Raúl Damonte Taborda Botana (Buenos Aires, 1939-París, 1987), nieto no menos ilustre de Natalio Botana y de Salvadora Medina Onrubia, era para la Argentina un original historietista que publicaba La mujer sentada en Le Nouvel Observateur y que había cometido el sacrilegio de escribir en francés una obra sobre Eva Perón, que fue boicoteada por la derecha peronista en su estreno parisiense, lo que determinó para su autor su terca convicción en el exilio. Con alguna excepción, escribía piezas teatrales y narraciones en francés y por ello, hasta que se conocieron las primeras versiones publicadas por la editorial Anagrama, era un escritor tan desconocido como inexplicable para la literatura argentina, un secreto para iniciados como lo fueron en su momento Macedonio Fernández o el polaco Witold Gombrowicz. Como ellos, su situación e influencia, que ahora es evidente, dependió en buena medida de la difusión y las interpretaciones que otros escritores y críticos crearon. Copi comenzó a integrar oblicuamente el paisaje literario argentino cuando fue traducido. Es decir, cuando sus textos pasaron a formar parte de una serie (por heterodoxo que fuera en ella), de un canon (aunque alternativo), de un lenguaje literario (aunque haya escrito mayormente en otro idioma). Esa traducción obró en dos niveles, uno literal y otro operativo. El primero es el de las versiones al español, del cual La ciudad de las ratas -que por primera vez se traduce a nuestra lengua- es una muestra ejemplar. El segundo tuvo como inicio el gesto que César Aira realizó con su insoslayable ensayo Copi (1991). El gesto era homólogo al de Borges respecto de Macedonio Fernández: transformarlo, y en cierto modo inventarlo, como precursor de su propia ficción.

La ciudad de las ratas (1979) es el cuarto libro de narrativa de Copi, posterior a El uruguayo (1973), El baile de las locas (1977) y los cuentos de Una langosta para dos (1978), y previo a los cuatro restantes -de los cuales sólo La vida es un tango fue escrito en español-, sin mencionar sus doce piezas teatrales.

Resumir el argumento de ésta o de cualquier obra de Copi es absurdo porque la noción misma de trama está en ellas subvertida. Sería mejor comentar el carácter de acontecimiento de esa obra, cuya imprevisibilidad el lector no hallará sino en los momentos más iconoclastas de la literatura occidental. La Ciudad de las ratas se vincula con otras fábulas recorridas por el delirio, como "Josefina la cantora o el pueblo de ratones" o "Investigaciones de un perro", de Kafka, donde el narrador es un animal. Esa clase de relato, cuya lógica deriva de la narración misma, sin ley ni moral exteriores al texto, tiene además un matiz peculiar, que Copi advirtió con agudeza. Para que los animales hablen en una lengua literaria, el narrador debe previamente "traducir" su lengua a una literatura, de modo tal que esa misma literatura se vuelve inaudita. La Ciudad de las ratas es, por eso, una traducción especular: comienza con un "Prefacio" y finaliza con un "Posfacio del traductor". Ese traductor es "Copi", que traduce de la "lengua de rata" y transcribe el texto de las cartas que le envió un roedor llamado Gouri (pronúnciese como el criollo "gurí"). La novela se compone entonces de todas las cartas de Gouri, editadas y traducidas por "Copi". En ellas relata su vida urbana; su amistad con otra pequeña rata llamada Rakä; sus respectivos apareamientos con dos jóvenes hembras, Iris y Carina; su amistad con su madre, la Reina de las Ratas. Aparecen otros personajes animales (hámsters, una serpiente, un fox-terrier, un murciélago, el Emir de los Loros), algunos humanos (el mendigo Mimile y la niña Vidvn) y otros seres sobrenaturales (el Dios de los Hombres y el Diablo de las Ratas). Desde el encuentro inicial hasta la llegada a la laberíntica ciudad de las ratas, pasando por el eclipse del Dios de la Sainte-Chapelle y los artificios del Diablo sentado sobre Notre Dame, hasta el anegamiento de París, el relato prolifera enloquecido, rabioso, festivo, obsceno, imprevisible, absolutamente irreal, en un barroquismo polimorfo que se precipita velozmente hacia el caos del mundo. Al final, el abrupto y alucinado desenlace revierte sobre el "traductor Copi" en una perfecta circularidad.

Así el idioma de las ratas es al relato de Copi lo que sus libros son a la literatura argentina: un exceso cuya extravagancia tiene la condición pura que Proust observó en todo "libro hermoso" y que repitió Deleuze: traza una lengua extranjera en el seno de una lengua mayor, un delirio que escapa del sistema dominante. Esa literatura es pura invención, una fábula infantil leída con una lente monstruosa. Copi podría afirmar como otro anómalo, Raymond Roussel: "En mí la imaginación lo es todo". Pero esa imaginación no es un mero juego de lenguaje: es deletérea, porque hace estallar por completo las políticas del lugar común en su dimensión social.

La traducción de Guadalupe Marando, María Silva y Eduardo Muslip es impecable, así como imprescindible el prólogo de éste último, que sitúa al lector con una información precisa sobre un escritor al que muy justamente llama un "extraterritorial" y cuya rareza siempre parece nueva, inesperada.

Jorge Monteleone para La Nación

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