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20.02.2010
"Mi literatura es muy física"
El escritor chileno habla de cómo descubrió su vocación literaria y de su última novela, La barrera del pudor.

A los treinta y cinco años Pablo Simonetti (Santiago de Chile, 1961) abandonó una exitosa carrera como ingeniero y se dedicó por completo a la literatura. Esa transformación dio frutos: publicó el libro de cuentos Vidas vulnerables , que le brindó una mención en el Premio Municipal de Santiago, y las novelas Madre que estás en los cielos y La razón de los amantes , recibidas con entusiasmo por el público y la crítica. Su última novela, La barrera del pudor (Norma) marcó su consagración editorial al desplazar en 2009 a Isabel Allende del constante primer lugar de ventas en Chile. De visita en Buenos Aires, Simonetti contó a adncultura cómo tramó la historia de Amelia, una mujer madura que, recluida en su casa costera, recibe a diversos visitantes y reconstruye la reciente ruptura de su matrimonio, malogrado por la insatisfacción.

-Desde niño tuve doble militancia entre el lenguaje y las matemáticas. Alrededor de los quince años tomé conciencia de que era gay y de que tenía una vocación literaria. Ambas cosas eran una amenaza para mi familia y mi espacio social. Mi padre fue un industrial metalmecánico y un ingeniero frustrado que quería que sus hijos participáramos de su negocio. Mis hermanos mayores son ingenieros; lo esperable era que yo estudiara ingeniería, que fuera heterosexual, católico, que me casara y le diera nietos. No me obligaban de manera consciente, era un peso inconsciente que acarreaba. Salirse de eso era perder la seguridad de la familia. De manera cobarde pero razonable como adolescente, preferí ser la persona que suponía que debía ser. A los dieciséis años no tenía nada muy claro: tenía conciencia de que me gustaban los hombres pero también creía que me gustaban las mujeres, me gustaba la literatura pero también las matemáticas. Estudié ingeniería y tuve la sorpresa de que era agradable. Podías aislarte en un espacio de fórmulas matemáticas con un sentido de la belleza muy intenso.

-¿Cómo definiste tu condición?

-Viajé a Estados Unidos en el último año de mis estudios y allí salí catapultado del clóset. Desde ese instante supe que quería escribir. Volví a Chile en el inicio de la adultez. No resistí más mi trabajo, renuncié y comencé a escribir. Una vez que asumí mi sexualidad, quité el tapón que bloqueaba la vocación literaria.

-¿Esa transformación fue aceptada o resistida?

-Cuando vinieron los primeros premios comenzó a parecer a mí y a mi familia que no estaba errado. En 2004, cuando salió mi novela Madre que estás en los cielos , mis compañeros del colegio, a quienes no había visto en mucho tiempo, me celebraron el cumpleaños y me mostraron su aceptación. Esa grieta que crucé me hace escribir sobre personas con la identidad desfasada del mundo en el que viven. Como el personaje de esta novela, Amelia.

-¿Cómo surgió ese personaje?

-Lo primero que vi fue a ella, separada, en esa casa. Vibraba como una nueva mujer, independiente, con mucha fuerza vital. Después apareció Ezequiel, el marido. Me atraía la inversión de roles: la mujer activa y el hombre pasivo. Yo sigo a mis personajes, creo que son los que le dan vida a la novela y traen temas interesantes. Si hubiera puesto el tema antes, habría asfixiado la narración, porque los personajes se vuelven discursivos y el relato, una demostración de las ideas que uno tiene sobre la sociedad y las relaciones. Como dice Norman Mailer en Un arte espectral , uno se sienta a su escritorio cada día con la esperanza de que el inconsciente se sienta en confianza como para asistir a la cita. Mi inconsciente me llevó a los conflictos que enfrenta Amelia.

-¿Cuáles son esos conflictos?

-Los de todos mis libros, personas que luchan por conquistar su identidad ante circunstancias que los reprimen. Amelia hace un camino de autodescubrimiento. También de reconocimiento de su cuerpo. Si la experiencia sensorial está postergada, te retraes y no te involucras en tu vida, prefieres no desear para no sentirte incompleto y necesitado. Son dos posturas frente a la muerte. Amelia siente que seguir su matrimonio sin pasión es como morir. Ezequiel cree que no arriesgar es la manera de no morirse.

-En esta novela y en la anterior analizás los conflictos de identidad en las relaciones matrimoniales. ¿Por qué elegís ese modo de relación?

-La pareja me parece la fórmula esencial de convivencia en nuestra sociedad. Es donde aprendemos a amar, odiar, temer, a resentirnos del otro; es el lugar donde dudamos o confiamos ciegamente. Es el laboratorio de la vida humana. Las dimensiones sociales, políticas o culturales que adquiere un hombre comienzan por una definición en la pareja y la pareja se define por la estructura familiar en la que ese hombre nació. Se me puede acusar de freudiano en esto, pero creo que es así. Hice un psicoanálisis de diez años, así que de todos modos no puedo negarlo.

-¿Creés que la negación puede sostener a una pareja extinta?

-La negación es una forma de sostener una identidad que se derrumba. En mis relatos hay un personaje principal lúcido pero que está equivocado. Amelia es una mujer que espera cosas que sabe que no van a pasar. Es tan narcisista que espera del mundo un espejo que le siente cómodo, y cuando eso no sucede se rebela. Es inteligente pero no puede verse a sí misma con claridad. Siempre me ha fascinado de Henry James que sus personajes tienen una lucidez gigantesca pero no ven lo esencial de lo que les está ocurriendo, como en Las alas de la paloma o Retrato de una dama . Los personajes que ganan moralmente son los que, sin ser esclarecidos, ven la pequeñez humana.

-¿Cómo descubriste el modo en que una mujer piensa sus conflictos de identidad?

-Al escribir no me disocio de mi personaje. Soy Amelia cuando escribo. Mi escritura es muy física. Por eso lo perceptivo, lo visual y la emoción son fundamentales. Lo esencial en un escritor es ponerse en la piel de una persona diferente.

-¿A qué creés que se debe el éxito que la novela tuvo en Chile?

-Hay gente que me dice que siente que es una novela conectada con su época, que está leyendo algo de la vida de hoy tal cual es, sin una mirada preconcebida.

-¿Pensás que refleja algo de la sociedad chilena actual?

-Chile es un país que ha pasado de ser una sociedad pobre y solidaria a ser rica e individualista. Las personas no tienen tantos problemas de subsistencia pero viven encerradas en sí mismas. Se puede convertir en un individualismo salvaje que excluya la solidaridad. El valor que se le ha dado al individuo es positivo, pero hay que estar atento al otro lado de la moneda.

Martín Lojo - La Nación

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